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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.119

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manera que pude ver con relativa facilidad unas palabras escritas a mano.
Hasta que me metí en la cama, me estuve preguntando por qué aquella escritura
me resultaba familiar. Y entonces me di cuenta de ello.
Era la misma que vi en las cartas anónimas.
¿Fue eso lo que produjo el remordimiento de la señorita Johnson? ¿Era ella la que
había escrito los anónimos?

CAPÍTULO XX
La señorita Johnson, la señora Mercado y el señor Reiter
No me importa confesar que la idea me sorprendió en gran manera. Nunca asocié a
la señorita Johnson con las cartas. La señora Mercado...tal vez. Pero la señorita
Johnson era una dama en toda la extensión de la palabra; una mujer que sabía
dominarse y tenía sentimientos. Mas recordando la conversación que aquella misma
noche habían sostenido monsieur Poirot y el doctor Reilly, pensé que precisamente
aquello podía haber sido la causa.
Si la señorita Johnson era la autora de las cartas, muchas cosas quedaban
explicadas. No quiero decir con esto que ella tuviera algo que ver con el asesinato. Pero
comprendía que su aversión por la señora Leidner podía haberla hecho sucumbir a la
tentación de...ponerla nerviosa, por decirlo así. Tal vez esperó asustarla lo suficiente
para que abandonara las excavaciones.
Pero luego, al ser asesinada la señora Leidner, la pobre señorita Johnson había
sentido unos terribles remordimientos. En primer lugar por su cruel jugarreta. Y
también, quizá, porque se dio cuenta de que las cartas constituían una buena defensa
para el verdadero asesino. No era extraño que se sintiera abatida. Yo estaba segura de
que, en el fondo, era una bellísima persona. Y ello explicaba, asimismo, la causa de que
se hubiera hecho eco con tanto anhelo de aquello que, a manera de consuelo, le dije:
"Lo que ha pasado ya no tiene remedio".
Y luego su cabalística observación, con la que pareció justificarse... "¡Nunca fue una
mujer agradable!" ¡Aquella frase!
¿Qué debía hacer yo? Tal era el caso. Di muchas vueltas en la cama y, por fin, decidí
contárselo a monsieur Poirot, aprovechando la primera oportunidad que tuviera.
Vino al día siguiente, pero no pude hablarle en privado.


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