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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.118

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té bien cargado y una botella de agua caliente en la cama.
Y le proporcioné todo aquello. No le valieron de nada las protestas.
- Gracias, enfermera - dijo después que la hube acomodado.
Estaba sorbiendo una taza de té, y en la cama le había puesto una botella de agua
caliente.
- Es usted una mujer de buenos sentimientos - añadió -. No suelo ponerme en
ridículo con mucha frecuencia.
- ¡Oh! No se excite... Todos somos capaces de ello después de haber pasado una cosa
así - le aseguré -. Ya se sabe; con la tensión, la impresión sufrida y la policía por todos
los lados... Yo misma estoy nerviosa...
Ella replicó con voz baja y en un tono extraño:
- Todo lo que ha dicho es cierto. Lo que ha pasado ya no tiene remedio...
Guardó silencio durante un momento y luego prosiguió:
- ¡Nunca fue una mujer agradable!
No discutí aquel punto. Estaba convencida de que la señorita Johnson y la señora
Leidner jamás se tuvieron simpatía.
En mi fuero interno estaba convencida de que la señorita Johnson se alegró
secretamente de la muerte de la señora Leidner y ahora quizá se había avergonzado de
tal pensamiento.
- Bueno; duérmase y deje de preocuparse por ello - le aconsejé.
Recogí unas cuantas cosas y arreglé un poco la habitación. Puse las medias en el
respaldo de una silla y coloqué en un colgador la falda y la chaqueta. Vi en el suelo una
pelotita de papel que debió caerse de un bolsillo.

Lo estaba alisando, para ver si no tenía importancia y podía tirarlo, cuando la
señorita Johnson, con un tono que me hizo sobresaltar, exclamó:
- ¡Déme eso!
Así lo hice, un tanto sorprendida por el modo perentorio que empleó. Me arrebató el
papel de las manos y luego lo acercó a la llama de la vela hasta que lo redujo a cenizas.
Me quedé mirándolo fijamente.
No había tenido tiempo de ver lo que había escrito en el papel, pues me lo arrebató
antes de que pudiera hacerlo. Pero cuando el papel estaba quemándose se retorció de


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