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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.115

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demás. Recordé que él nunca le miraba cara a cara. Podía ser porque no le gustaba... o
podía ser muy bien lo contrario.
Me estremecí. Estaba imaginando demasiadas cosas; todo a causa de los
improperios de una chica. Ello demostraba qué poco caritativo y qué peligroso era decir
tales palabras.
La señora Leidner no había sido así; de ninguna manera... Era evidente que Sheila
Reilly no había sido de su agrado. La había tratado bastante ásperamente aquel día,
durante la comida, cuando se dirigió al señor Emmott. Fue una extraña mirada la que
él le dirigió. La clase de mirada que no da a entender, ni por asomo, lo que se está
pensando. No había manera de asegurar qué era lo que pensó el señor Emmott. Era
retraído, aunque muy agradable de trato. Una persona digna de confianza en todos los
conceptos. El señor Coleman, en cambio, sí que era un joven atolondrado como pocos.
Estaba pensando en ello cuando llegamos a la casa. Eran las nueve en punto y el
portalón estaba cerrado. Ybrahim llegó corriendo con la llave para abrirme la puerta.
Nos acostábamos temprano en Tell Yarimjah. No se veían luces en la sala de estar.
Sólo estaba iluminada la sala de dibujo y el despacho del doctor Leidner; las demás
ventanas estaban oscuras. Parecía como si la mayoría se hubiera ido a la cama más
temprano que de costumbre.
Cuando pasé junto a la sala de dibujo, al dirigirme hacia mi habitación, miré por la
ventana. El señor Carey, en mangas de camisa, estaba trabajando afanosamente sobre
un gran plano. Me dio la impresión de que estaba muy enfermo. Parecía cansado y
agotado. Aquello me produjo una súbita congoja. No sabía lo que le pasaba al señor
Carey; ni podía saberlo por lo que él me dijera, pues casi no hablaba. Ni siquiera
estaba enterada de sus cosas más corrientes, ya que tampoco lo que hacía arrojaba
mucha luz sobre el particular. Sin embargo, no había manera de que a una le pasara
por alto aquel hombre, y todo lo que a él concernía diríase que importaba mucho más


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