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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.78

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Era completamente feliz y estuve muy ocupada con lo que hacía.
- Permaneció usted en su habitación?
- Sí.
- ¿No salió de ella?
- No. No lo hice hasta que oí entrar el coche en el patio. Luego, me enteré de lo que
había pasado. ¡Oh, fue horroroso!
- ¿Le sorprendió?
La señora Mercado dejó de llorar y sus ojos se abrieron con expresión resentida.
- ¿Qué quiere decir, monsieur Poirot? ¿Está sugiriendo acaso...?
- ¿Qué podría sugerir, madame? Nos acaba usted de decir que quería mucho a la
señora Leidner. Tal vez ésta le hizo alguna confidencia.
- ¡Ah...! Ya comprendo. No, la pobrecita Louise no me dijo nunca nada... nada
definido, quiero decir. Se veía, desde luego, que estaba terriblemente preocupada y
nerviosa y luego todos aquellos extraños sucesos... los golpecitos en la ventana y todo
lo demás.
- Recuerdo que lo calificó usted de fantasía - intervine.
Me alegré de ver que, momentáneamente, pareció desconcertarse.
De nuevo me di cuenta de la divertida mirada que me dirigió el señor Poirot.
- En resumen, madame - dijo éste con tono concluyente -. Estaba usted lavándose el
pelo. No oyó ni vio nada. ¿Hay alguna cosa que, en su opinión, pueda sernos de
utilidad?
La señora Mercado no se detuvo a pensar.
- No, no hay ninguna, de veras. ¡Esto es un misterio indescifrable! Pero yo diría que
no hay duda... ninguna duda, de que el asesino llegó de fuera. Es cosa que salta a la
vista.
Poirot se volvió hacia el señor Mercado.
- Y usted, monsieur, ¿qué tiene que decir?
El interpelado pareció sobresaltarse. Se mesó la barba distraídamente.
- Puede ser. Pudo ser - dijo -. Y sin embargo, ¿cómo es posible que alguien deseara
su muerte? Era una persona tan dulce... tan amable... - sacudió la cabeza -.
Quienquiera que la matara debió ser malvado... sí, un malvado.
- ¿Y de qué forma pasó ayer la tarde, monsieur?
- ¿Yo? - dijo el señor Mercado mirándole con aire ausente.
- Estuviste en el laboratorio, Joseph - le insinuó su mujer.
- ¡Ah, sí! Allí estuve.


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