Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.66
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Una extraña expresión hizo que las comisuras de los labios del doctor Reilly
descendieran un poco. No le era posible decir nada, dadas las circunstancias, pero si
alguna vez fue elocuente el silencio de un hombre, no hay duda de que fue entonces.
- Completamente imposible - reiteró el doctor Leidner -. Todos la apreciaban. Louise
poseía un carácter encantador y todos experimentaban su atracción.
El doctor Reilly tosió.
- Perdone, Leidner; pero ésa, al fin y al cabo, es sólo su opinión. Es natural que si
alguno de los de la expedición hubiera aborrecido a su esposa, no se lo hubiera
confesado a usted.
- El doctor Leidner pareció sentir angustia.
- Es cierto.., tiene razón. Pero así y todo, Reilly, creo que está equivocado. Estoy
seguro de que todos apreciaban a Louise.
Calló durante unos instantes y luego exclamó:
- Esa idea suya es ignominiosa. Es... es francamente increíble.
- No puede usted eludir... ejem... los hechos - observó el capitán Maitland.
- ¿Hechos? ¿Hechos? No son más que mentiras contadas por un cocinero indio y dos
criados árabes. Maitland, usted conoce a esa gente tan bien como yo; y usted también,
Reilly. Para ellos no representa nada la verdad. Dicen lo que uno quiere que digan, y lo
tienen como una cortesía.
- En este caso - comentó el doctor Reilly con sequedad - están diciendo lo que no
quisiéramos que dijeran. Además, conozco bastante bien las costumbres de su
servidumbre. Hay una especie de lugar de reunión al otro lado de la cancela del
porche. En cuantas ocasiones me acerqué por allí esta tarde, siempre encontré a varios
de sus criados.
- Sigo creyendo que está usted dando muchas cosas por sentado. ¿Por qué no pudo
ese hombre... ese demonio... haber entrado mucho antes y esconderse en algún sitio?
- Convengo en que eso no es totalmente imposible - observó fríamente el doctor
Reilly -. Supongamos que un extraño pudo entrar sin ser visto. Tuvo que permanecer
escondido hasta el momento adecuado. Esto no pudo hacerlo en la habitación de la
señora Leidner, pues no hay sitio para ello.
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