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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.56

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Leidner se siente ya más feliz, ahora que ha hablado de ello. Es una cosa que siempre
resulta conveniente. Lo que se consigue guardando reserva es enfermar de los nervios.
- Me alegro mucho de que se lo haya contado - repitió él -. Es una buena señal.
Demuestra que le gusta usted y que le tiene confianza. Estaba ansioso por saber qué
era lo que mejor podía hacer.
Estuve a punto de preguntarle si había pensado en hacer una discreta indicación a
la policía local, pero más tarde me alegré de no haber hecho la pregunta. Les diré por
qué. El señor Coleman tenía que ir a Hassanieh al día siguiente para traer el dinero
con que se pagaba a los trabajadores. Se llevaba también todas nuestras cartas para
que salieran en el correo aéreo. Las cartas, una vez escritas, se depositaban en una
caja de madera, colocada en el alféizar de la ventana del comedor. Aquella noche, como
preparativo para el día siguiente, el señor Coleman sacó todas las cartas de la caja y
empezó a clasificarlas en paquetes que sujetaba con cintas elásticas.
De pronto lanzó una exclamación.
- ¿Qué pasa? - pregunté.
Me mostró una carta, al tiempo que hacía un gesto.
- Nuestra "encantadora" Louise... está como un cencerro. Ha dirigido una carta a
alguien que vive en la calle Cuarenta y dos, de París, Francia. No creo que esa calle
exista en París, sino en Nueva York, ¿no le parece? ¿Tendría inconveniente en
llevársela y preguntarle si está bien puesta la dirección? Acaba de irse ahora mismo
hacia su dormitorio.
Cogí la carta y corrí en busca de la señora Leidner, quien rectificó la dirección del
sobre. Era la primera vez que veía la escritura de la señora Leidner, y entonces me
pregunté dónde había visto yo antes aquel tipo de letra, pues era indudable que me
resultaba familiar.
Hasta bien entrada la madrugada no supe contestar aquella pregunta. Y entonces
se me ocurrió de repente. Salvo que era más grande y un tanto más inclinada, se
parecía extraordinariamente a la escritura de las cartas anónimas.


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