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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.48

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Página 48 de 200


Se despidió de su interlocutor y volvió
conmigo hacia la casa.
- Sepa usted - dijo- que estoy verdaderamente avergonzado. Estudio idiomas
orientales y ninguno de los hombres que trabajan en las excavaciones puede
entenderme. Es humillante, ¿no le parece? Estaba conversando ahora en árabe con ese
hombre, que vive en la ciudad, para ver si me entendía mejor. Pero a pesar de ello no
he tenido mucho éxito. Leidner dice que mi árabe es demasiado puro.
Aquello fue todo. Pero se me puso en la cabeza que era extraño que el mismo
hombre estuviera rondando todavía la casa.
Por la noche pasamos un buen susto.
Debían ser, poco más o menos, las dos de la madrugada. Tengo un sueño bastante
ligero, como muchas enfermeras. Estaba ya despierta y sentada en la cama, cuando se
abrió la puerta de mi habitación.
- ¡Enfermera, enfermera!
Era la voz de la señora Leidner, baja y apremiante.
Rasqué un fósforo y encendí la vela.
Estaba de pie en la puerta y se cubría con una bata azul. Parecía petrificada por el
terror.
- Hay alguien... alguien... en la habitación contigua a la mía. Le oí... arañar la
pared.
Salté de la cama y fui hacia ella.
- Está bien - dije -. Aquí me tiene. No se asuste.
- Llame a Eric - murmuró.
Hice un gesto de asentimiento; salí al patio y llamé a la puerta del doctor Leidner.
A1 cabo de un momento se había unido a nosotras. La señora Leidner se sentó en la
cama. Respiraba con dificultad.
- Le oí... - dijo -. Le oí... arañar la pared.
- ¿Hay alguien en el almacén? - exclamó el doctor.
Salió precipitadamente. Me chocó la forma tan diferente en que habían reaccionado
los dos esposos. El miedo de ella era enteramente personal, mientras que el
pensamiento de Leidner se había interesado en el acto por sus preciosos tesoros.
- ¡El almacén! - suspiró la señora Leidner -. Desde luego. ¡Qué estúpida he sido!
Se levantó y después de ajustarse la bata me rogó que la acompañara. Toda traza de
pánico había desaparecido de ella.


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