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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.47

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atrae a nadie. Lo que hace es ahuyentar a todo el que se acerca.

Aparte de esto, sólo me acuerdo de otros dos incidentes que tuvieran algún
significado.
Uno de ellos ocurrió cuando fui al dormitorio para coger un poco de acetona con la
que quitarme de los dedos el pegamento que se me había adherido mientras estuve
recomponiendo varias piezas de cerámica. La señora Mercado estaba sentada y tenía
la cabeza apoyada en los brazos cruzados sobre la mesa. Creía que estaba dormida.
Cogí la botella que necesitaba y me marché.
Aquella noche, con gran sorpresa por mi parte, la señora Mercado me abordó.
- ¿Cogió usted una botella de acetona del laboratorio?
- Sí - dije -. La cogí.
- Usted sabe perfectamente que en el almacén siempre se guarda otra botella.
- ¿De veras? No lo sabía.
- ¡Pues yo creo que sí! Lo que quería usted era espiarme. Ya sé cómo son las
enfermeras.
La miré fijamente.
- No sé de qué me está usted hablando, señora Mercado - repliqué con dignidad -. De
lo que estoy segura es de que no tengo necesidad de espiar a nadie.
- ¡Oh, no! ¡Claro que no! ¿Cree que no sé a qué ha venido usted aquí?
Durante un momento creí que aquella mujer había estado bebiendo. Di la vuelta y
me marché sin decir nada. Me extrañó su conducta.
El otro incidente no tuvo mucha más importancia. Estaba tratando de atraer a un
perrito con un trozo de pan. Era muy tímido, como todos los perros árabes, y estaba
convencido de que no podía esperar nada bueno de mí. Echó a correr y yo le seguí. Salí
por el portalón y di la vuelta a la esquina de la casa. Iba tan apresurada que me
abalancé sobre el padre Lavigny y otro hombre que allí estaban hablando, antes de que
pudiera detenerme. Al momento me di cuenta de que aquel hombre era el mismo que
la señora Leidner y yo habíamos visto días pasados, tratando de mirar por una
ventana. Pedí perdón y el padre Lavigny sonrió.


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