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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.38

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- Tal vez. Pero hay algo más. Hay... ¿cómo lo diría?... una especie de desasosiego.
Eso era cierto. Reinaba el desasosiego entre los componentes de la expedición.
No hablamos más porque entonces se me acercó el doctor Leidner. Me mostró la
tumba de un niño que justamente acababa de ser descubierta. Era una cosa patética;
aquellos huesos de reducido tamaño, un par de pucheros y unas pequeñas motitas que,
según dijo el doctor Leidner, eran las cuentas de un collar.
Los peones que trabajaban en las excavaciones me hicieron reír de buena gana.
Eran una colección de espantajos, vestidos con andrajosas túnicas y con las cabezas
envueltas en trapos, como si tuvieran jaqueca. De vez en cuando, mientras iban de un
lado a otro llevando cestos de tierra, empezaban a cantar. Por lo menos, yo creo que
cantaban, pues era una especie de monótona cantinela que repetían infinidad de veces.
Me di cuenta de que la mayoría de ellos tenía los ojos en condiciones deplorables; todos
cubiertos de legañas. Uno o dos de aquellos hombres parecían estar medio ciegos.
Meditaba sobre cuán miserable era aquella gente, cuando el doctor Leidner dijo:
- Tenemos un excelente equipo de hombres, ¿verdad?
- ¡Qué mundo tan dispar es éste!, pensé y de qué forma tan diferente pueden ver dos
personas la misma cosa. Creo que no lo he expresado bien, pero supongo que sabrán lo
que quiero decir.
Al cabo de un rato, el doctor Leidner dijo que volvía a la casa para tomar una taza
de té. Le acompañé y durante el camino me fue explicando algunas cosas de las que
veíamos. Ahora que lo explicaba él, todo me parecía diferente. Podía verlo todo tal
como había sido, por decirlo así. Las calles y las casas. Me enseñó un horno en que los
asirios cocían el pan y me dijo que, en la actualidad, los árabes utilizaban unos hornos
muy parecidos.
Cuando entramos en la casa encontramos a la señora Leidner que ya se había
levantado. Tenía mucho mejor aspecto y no parecía tan delgada y agotada. Nos
trajeron el té al cabo de un momento, y entretanto, el doctor Leidner le contó a su


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