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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.32

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la que siempre suceden cosas raras.
- ¿Cuántas le han ocurrido? - pregunté.
- Su primer marido murió en la guerra cuando ella tenía solamente veinte años.
Creo que eso fue una cosa sentimental y romántica, ¿verdad?
- Es una manera de llamar cisnes a unas ocas - repliqué ásperamente.
- ¡Oh, enfermera! ¡Qué observación tan singular!
Y en realidad lo era. A cuántas mujeres se les oyó decir: "Si viviera mi pobrecito
Donald, o Arthur, o como se llamara". Y entonces digo para mí: "No hay duda de que si
viviera sería a estas horas un hombre gordo y nada romántico, de genio violento y
entrado en años".
Estaba oscureciendo y sugerí que bajáramos. La señora Mercado accedió y preguntó
si me gustaría ver el laboratorio.
- Mi marido debe estar trabajando aún.
Contesté que me encantaría y ambas nos dirigimos hacia allí. Aunque iluminada
por una lámpara, la habitación estaba desierta. La señora Mercado me enseñó varios
aparatos, unos adornos de cobre que estaban siendo tratados químicamente y también
unos huesos revestidos de cera.
- ¿Dónde podrá estar Joseph? - preguntó mi acompañante.
Dio una ojeada a la sala de dibujo, en la que estaba trabajando el señor Carey. El
arquitecto apenas levantó la mirada cuando entramos. Quedé sorprendida al ver la
extraordinaria expresión de tirantez que reflejaba su cara. De pronto se me ocurrió
que aquel hombre había llegado al límite de su resistencia y que muy pronto estallaría.
Recordé igualmente que alguien había notado en él aquella tensión.
Cuando salíamos volví la cabeza para mirarle. Estaba inclinado sobre un papel y
tenía los labios fuertemente apretados. El aspecto de su cara recordaba más que nunca
el de una calavera. Quizá dejé desbordar mi fantasía, pero en aquel instante me
pareció un caballero de otros tiempos dispuesto a entrar en batalla y sabiendo de
antemano que iba a morir.
Me di cuenta nuevamente de la extraordinaria e inconsciente fuerza magnética que
poseía aquel hombre.
Encontramos al señor Mercado en la sala de estar. Cuando entramos estaba
explicando a la señora Leidner los fundamentos de un nuevo procedimiento químico.


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