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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.29

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Página 29 de 200



- Sí, es maravilloso - murmuró sin ningún interés, y siguió escogiendo trozos de
cerámica.
La señora Leidner sonrió y dijo:
- Los arqueólogos sólo miran lo que tienen bajo los pies, el firmamento no existe
para ellos.
La señora Mercado lanzó una risita apagada.
- Son gente muy rara. Pronto se dará cuenta, enfermera - dijo.
Hizo una pausa y luego añadió:
- Todos nos hemos alegrado mucho de que viniera. De verdad. Nos tenía muy
preocupados la señora Leidner, Louise.
- ¿De veras?
La voz de la señora Leidner tenía un tono poco alentador.
- Sí. En realidad ha estado muy mala, enfermera. Nos ha dado más de un susto.
Cuando me dicen de alguien que está enfermo de los nervios, siempre pregunto: ¿Es
que hay algo peor? Los nervios constituyen el centro y la médula de todo ser viviente,
¿verdad?
"Tate, tate", pensé para mi capote.
La señora Leidner replicó secamente:
- Bueno, no tienes necesidad de preocuparte más por mí, Marie. La enfermera me
cuidará.
- Claro que sí - dije yo con tono alegre.
- Estoy segura de que esto te vendrá muy bien - comentó la señora Mercado -. Todos
estábamos de acuerdo en que debía ver a un médico o hacer algo. Tenía los nervios
deshechos, ¿no es verdad, Louise?
- Tanto que, por lo visto, he conseguido poner los vuestros de punta - replicó la
señora Leidner -. ¿No podríamos hablar de algo más interesante que mis dolencias?
Comprendí entonces que la señora Leidner era una de esas mujeres que se ganan
enemistades con gran facilidad. Había en su voz un tono rudo y frío, del cual no la
culpé en aquella ocasión, y que hizo subir un intenso rubor a las pálidas mejillas de la
señora Mercado. Esta última murmuró algo, pero ya entonces la señora Leidner se
había levantado y había ido a reunirse con su marido al otro extremo de la azotea.
Dudo que él la oyera llegar, pues no levantó la mirada hasta que ella le puso la mano
en el hombro. A pesar del gesto de sobresalto que hizo, en el rostro del doctor Leidner


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