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Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.23

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una expresión anhelante, que hacía recordar la de un pájaro. Tenía los ojos grandes y
los labios apretados en un rictus malicioso.
El té estaba muy bien hecho. Una mezcla fuerte y agradable, nada parecida a la
infusión suave que tomaba siempre la señora Kelsey, y que había sido mi tortura
durante los últimos tiempos. Sobre la mesa había tostadas, mermelada, un plato de
bollos y una tarta. El señor Emmott, muy cortés, me ayudó a servirme. A pesar de su
retraimiento, observé que siempre estaba atento a que mi plato no quedara vacío.
Al cabo de un rato entró el señor Coleman y tomó asiento al otro lado de la señorita
Johnson. Sus nervios, al parecer, estaban en perfectas condiciones, pues habló por los
codos.
La señora Leidner suspiró y le dirigió una cansada mirada que no pareció afectar al
joven en lo más mínimo. Ni tampoco el hecho de que la señora Mercado, a quien dirigía
la mayor parte de su charla, estuviera tan ocupada mirándome que a duras penas le
contestara.
Estábamos terminando el té cuando entraron el doctor Leidner y el señor Mercado.
El primero me saludó con su habitual cortesía. Vi cómo sus ojos se dirigían
rápidamente hacia su esposa y después pareció aliviado por lo que en ella distinguió.
Tomó asiento al otro lado de la mesa, mientras el señor Mercado lo hacía junto a la
señora Leidner. Era éste un hombre alto, delgado y de aspecto melancólico. Mucho
más viejo que su esposa. De tez cetrina, llevaba una barba extraña, lacia y sin forma
alguna. Me alegré de que hubiera llegado, pues su mujer dejó de mirarme y su
atención se centró en él. Lo vigilaba con una especie de anhelo impaciente que
encontré bastante raro. El hombre revolvió con la cucharilla su taza de té. Parecía
abstraído. Tenía en el plato un trozo de tarta que no probó.

Todavía quedaba vacante uno de los sitios alrededor de la mesa. Al poco rato se
abrió la puerta y entró otro hombre.
Desde el momento en que vi a Richard Carey opiné que era uno de los hombres más


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