Asesinato en Mesopotamia (Agatha Christie) - pág.14
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"rubia". Sus características participaban un poco de las de una furgoneta, un camión y
un coche de turismo. El señor Coleman me ayudó a subir, explicándome que iría mejor
en el asiento delantero, junto al conductor, donde acusaría menos el traqueteo.
¡Traqueteo! ¡Quedé maravillada de que aquel armatoste no se deshiciera en mil
pedazos! Allí no había nada que se pareciera a una carretera; sólo una especie de
vereda llena de surcos y baches. ¡Vaya con el "glorioso este"! Cuando me acordé de las
espléndidas pistas de Inglaterra, sentí que me invadía la nostalgia.
El señor Coleman se inclinó hacia mí desde el asiento que ocupaba, detrás del mío,
y me gritó junto a la oreja:
- ¡El camino está en muy buenas condiciones! - aulló justamente después de que
habíamos sido lanzados de nuestros asientos, hasta tocar el techo con la cabeza.
Y parecía estar hablando en serio.
- Esto es muy bueno... estimula el hígado - dijo -. Usted debe saberlo, enfermera.
- Un hígado estimulado va a servirme de poco si me abre la cabeza - observé
acervamente.
- ¡Tenía que haber venido aquí después de una buena lluvia! Los patinazos son
soberbios. La mayor parte del tiempo, el coche va de través.
A esto no respondí.
Al cabo de un rato tuvimos que cruzar un río, lo que hicimos en el transbordador
más estrambótico que darse pueda. El que lográramos pasar me pareció un milagro,
pero los demás, por lo visto, consideraron aquello como la cosa más natural del mundo.
Nos costó casi cuatro horas llegar a Hassanieh. Con gran sorpresa por mi parte, vi
que era una ciudad de amplias proporciones. Desde el otro lado del río, antes de llegar
a ella, presentaba un bonito aspecto; blanco y como arrancada de las páginas de un
libro de cuentos, con sus altos minaretes destacándose contra el cielo. No obstante,
cuando se cruzaba el puente y se entraba en ella, la cosa variaba, el olor era
desagradable; todo estaba desvencijado, ruinoso y el lodo y la porquería reinaban por
doquier.
El señor Coleman me llevó a casa del doctor Reilly, donde, según me dijo, me
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