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Sobre el bien o el uno (Plotino) - pág.5

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No es extraño, pues, que se fatigue en tal circunstancia y que anhele descender con frecuencia al mundo de las cosas; y así, no cejará hasta llegar al dominio de lo sensible en el que hallará descanso como si estuviese en un terreno sólido. Del mismo modo, cuando la vista se cansa de las cosas pequeñas encuentra verdadero placer en acercarse a las cosas grandes. Mas, cuando el alma quiere ver por sí misma, como realmente tan sólo puede ver identificándose con su objeto y haciendo prevalecer su unidad, gracias precisamente a esa identificación, piensa que no posee todavía lo que busca al no advertir diferencia alguna con el objeto de su pensamiento. Es así, sin embargo, cómo deberá filosofarse acerca del Uno. Y dado que es el Uno lo que indudablemente buscamos y en esa búsqueda examinamos el principio de todas las cosas, esto es, el Bien y lo que es primero, no convendrá que nos alejemos de aquellos objetos que son vecinos de los primeros, cayendo por ejemplo en los que están al final de la serie. Muy al contrario, hemos de levantarnos a nosotros mismos desde las cosas sensibles, que son las últimas en la escala de los seres, para quedar con ello libres de todo mal. Y como quiera que tendemos hacia el Bien, hemos de ascender hasta el principio interior a sí mismo hasta llegar a hacernos uno solo con él en lugar de la multiplicidad, si es que anhelamos la contemplación del Principio y del Uno. Necesitamos ciertamente convertirnos en Inteligencia y confiar el alma a la Inteligencia como si en ella hallase su descanso; así podrá el alma salir de su sueño y recibir lo que la Inteligencia ve, pues es claro que el alma contemplará el Uno por medio de la Inteligencia, sin añadir por su parte sensación alguna ni nada que provenga al menos de la sensación. Lo que realmente es más puro ha de contemplarlo el alma por la pura inteligencia y por lo que hay de primero en ella. Y cuando el que así está preparado para tal contemplación, forja en su imaginación una magnitud, una forma o una masa del objeto, no tiene entonces como guía a la inteligencia, puesto que la inteligencia no ha sido hecha para ver esos objetos y se trata en este caso del acto de la sensación o de la opinión, que sigue al de la sensación.


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