El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.45
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puño, corrió de un lado a otro, desorientado por el pánico.
Perdida la serenidad, corrió cada vez más deprisa, hasta que tropezó en una
piedra y cayó. Se puso de rodillas y permaneció inmóvil, yerto, pues había oído
voces. Aún estaban lejos, pero no se atrevió a moverse. Su mirada cayó sobre la
piedra en que había tropezado. Era una losa ancha, casi cuadrada. En ella había
algunos signos, medio borrados por el tiempo. Apartó con indiferencia algunas
hojas muertas, y ante sus ojos sorprendidos apareció la siguiente inscripción:
«Aquí descansa el jardinero Carstairs, sirviente fiel hasta el fin; fue
enterrado en este lugar cumpliendo su última voluntad.»
Enterrado en este lugar cumpliendo su voluntad... ¡Pobre viejo Carstairs! ¿Era
posible? ¡Si la tumba se hallaba sobre la cámara subterránea, entonces la
entrada se hallaría a sólo quince metros al sur! ¡Se arrastró con repentina
esperanza por el suelo del bosque y allí, en efecto, se alzaba un árbol
conocido! Y, en su base, ¡un hoyo cubierto con hojas! Las voces se alejaban y él
se metió con impaciencia en el hoyo, apartando las hojas con los pies. Luego
sacó un gran brazado de hojas y desapareció después de cubrir nuevamente la
entrada con aquél; ya dentro, buscó raíces cortadas e hizo un bastidor para
completar el camuflaje de su escondite. En plena tarea hizo un alto, espantado,
al oír voces cerca. No pudo entender lo que decían y aguardó un buen rato, con
el ánimo en suspenso. Luego volvió a oír las voces. ¡Alejándose!
Llegó el invierno y los sapos volvieron a sus escondrijos bajo el barro del
pequeño lago, donde antaño estuviera el estanque. La primavera siguiente, el
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