El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.42
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bien definidos. El Consejo de la Juventud se ha encerrado en su obstinación, y
hay que darles tiempo para que recapaciten. Ahora sus jefes creen que tú fuiste
traído, de alguna manera, por nosotros, a fin de persuadirles para que
consientan en talar árboles aquí y allá, a capricho del primer adulto que se
presente. No sé a dónde nos llevará este asunto.
El Stalvyn le tocó el hombro con gesto amistoso.
- La naturaleza humana casi nunca es razonable. Naturalmente, la actitud de
ellos es absurda. ¡Olvídalo! Te sacaremos tranquilamente de aquí en una
aeronave, y vendrás a vivir conmigo. ¡Juntos revisaremos y volveremos a escribir
la historia de tu época como nunca pudo hacerse hasta ahora!
- ¡Alto! ¿Significa eso que tendré que huir clandestinamente de esta aldea?
Los otros callaron, avergonzados, y el Guardamonte asintió con la cabeza.
- No puedo evitarlo. Tal vez estarían a nuestro favor veinte o treinta hombres,
pero lamento decir que a la mayoría de los aldeanos no les preocupa la suerte
que tú corras. No quieren quebraderos de cabeza.
- ¿Temen a los jóvenes?
- ¡No, claro que no! Los superamos en número. Es, sencillamente, que nadie está
dispuesto a trabajar más de lo que impone el horario de la aldea: una hora y
cincuenta minutos. Sospecho que no iban a ponerse de tu lado, a excepción de
nosotros cuatro y algunos de los más ancianos de aquí. Ya sabes, ¡así está hecho
el mundo! - se encogió de hombros expresivamente.
- Escapar de aquí es muy sencillo - aseguró el biólogo -. ¿Por qué no te dedicas
a viajar por el mundo y verlo todo antes de decidir tus futuros planes?
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