El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.41
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biólogos le exigieron que revelara el secreto de su droga para dormir y el
procedimiento para controlar la duración del letargo; fue colocado bajo el
fluoroscopio y fotografiaron su apéndice; tomaron sus medidas e hicieron moldes
en escayola de su mano, su pie y su cabeza, con destino a los museos
científicos.
Durante estas pruebas, Winters experimentaba un sentimiento de satisfacción:
ésta era una de las cosas en que había pensado cuando preparó su viaje al
futuro. Aquí había grandes inteligencias que sabían valorar su trabajo y le
respetaban por su hazaña. Mas, por otra parte, echaba en falta una cosa: no
tenía la sensación de pertenecer a aquel pueblo. Había abrigado la esperanza de
hallar dioses en forma humana viviendo en Utopía. Pero los que veía eran hombres
con pasiones y debilidades humanas y corrientes. Desde luego, habían
progresado... pero la curiosidad insaciable de Winters ya le urgía a averiguar
qué más podía deparar el futuro.
Después de compartir una cena con todos, Winters se retiró a su habitación con
el jefe Guardamonte, el biólogo y el Stalvyn. Los cuatro hombres iniciaron una
plácida conversación.
- ¿Qué piensas hacer ahora? - preguntó el biólogo, calmoso. Winters suspiró.
- No lo sé con exactitud.
- Te invitaría a quedarte en mi orig - observó el Guardamonte - pero la mayoría
de nuestros jóvenes, y algunos de los adultos, que deberán ser más sensatos, te
acusarían de las recientes dificultades, y no podría enfrentarme a todos ellos.
- ¡Me acusarían a mí! - exclamó Winters con amargura -. ¿Qué tuve que ver con
ello?
- Tal vez nada. El caso es que los derechos de la Nueva Generación aún no están
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