El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.40
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líquido pardo -: Beba sin temor. Lo estimulará y alimentará al mismo tiempo.
Winters padecía una extrema fatiga; el Stalvyn tuvo que ayudarle a beber y luego
lo condujo a un sillón, donde le hizo un breve examen médico.
- Debe descansar - declaró -. Que no se le moleste con preguntas. Voy a preparar
algún medicamento.
Dicho esto, salieron todos del cuarto. Winters bebió un poco más y cayó en un
profundo sueño. Apostaron una guardia junto a la puerta de su cuarto, y el
biólogo lo atendió día y noche. Así permaneció durante una semana. Mientras
dormía tuvo vagas impresiones de que le daban masajes, lo bañaban, lo
alimentaban y lo auscultaban; impresiones que eran como pesadillas de un sueño
anormal. Gracias a los expertos cuidados, sus delgadas mejillas se llenaron y su
atrofiada musculatura se recuperó.
Al fin, una tarde, Winters despertó. Su sangre circulaba con vigor por todo su
cuerpo, y tan pronto como abrió los ojos se sintió despejado. Vio sus ropas
sobre un taburete, de modo que se levantó y se vistió. En su cinturón aún
estaban la pistola, el hacha y las demás herramientas. Sintiéndose un hombre
nuevo, anduvo hasta la puerta y la abrió. En la habitación contigua se vio
rodeado por un grupo de hombres morenos, integrado por los doce científicos más
importantes del mundo. Para entonces, la noticia de su venida ya había llegado a
todas partes, y aquellos habían tenido tiempo de acudir desde los puntos más
alejados. Le sometieron a una prolongada sesión de preguntas y exámenes
científicos. El Stalvyn y los demás historiadores lo acosaron a preguntas, no
siempre fáciles en relación con la vida y las costumbres de su época; los
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