El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.38
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lanzando gritos. Hubo un momento de indecisión, como si la natural aversión al
ejercicio físico aún pudiera impedir la pelea. Pero, evidentemente, sus jefes
los azuzaban. De pronto arremetieron, arrojando una lluvia de piedras y
esgrimiendo cachiporras. Al cabo de un instante se produjo el choque, y los
contendientes formaron un confuso barullo; era una pelea bárbara y primitiva,
sin tácticas ni técnicas.
Aquí dos jóvenes dejaban inconsciente a un anciano con sus cachiporras, y se
abalanzaban juntos sobre la próxima víctima. Allí un adulto musculoso como un
toro corría ebrio de violencia entre los mozuelos, aplastándolos entre sus
poderosos brazos o estrellando sus puños grandes como jamones en los rostros que
se le ponían por delante. Mientras luchaban, los atacados seguían avanzando
hacia su objetivo. Cuando habían recorrido casi otros cien metros, los jóvenes
se retiraron. La superioridad numérica de los adultos había inclinado la
balanza.
Sin embargo, sólo quedaban cincuenta hombres ilesos alrededor del jefe
Guardamonte. Los demás habían abandonado la lucha o quedaban heridos... o quizá
muertos, pensó Winters al mirar la veintena de figuras inmóviles que yacían en
el suelo. Los jóvenes sólo se habían alejado unos treinta metros y seguían de
lejos a los fugitivos. Nuevos grupos de jóvenes llegaban corriendo de todas
direcciones, y era cuestión de minutos que se reanudase el ataque, aunque esta
vez la desventaja recaería sobre el otro bando.
Winters y el Stalvyn, su sedicente guardaespaldas, no habían tomado parte en la
lucha, pues iban en medio del grupo de rescate. Pero ahora se adelantaron
poniéndose al frente del grupo, para avanzar con decisión al lado del
Guardamonte. Winters mostró a éste la pistola.
- Con esto puedo matarlos cuando estén cerca.
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