El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.36
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baja.
Al instante fue presa de intenso temor. ¡No sería conducido tan dócilmente a la
muerte! Se volvió en la litera para ponerse en pie, y notó que tenía debajo un
objeto duro. Tanteó y encontró el revólver, que revisó enseguida, con todos los
sentidos dirigidos a captar señales de peligro. Pero no volvió a oír nada. La
pistola era de aire comprimido y disparaba balas de plomo calibre 22. Sólo era
mortal a distancias muy cortas, menos de diez metros, y la palanca de carga
comprimía aire para diez disparos. De todos modos, era algo. Accionó
apresuradamente la palanca, cargó y apretó el gatillo para escuchar el
satisfactorio «smac» del plomo contra la pared de piedra.
Ahora su mente funcionaba a todo rendimiento. Sacó la lima del cinturón y se
acercó a la ventana enrejada, poniéndose en pie sobre la litera. ¡Si lograba
aserrar los barrotes escaparía por allí! Descubrió con sorpresa que los barrotes
eran de madera, y su corazón se llenó de esperanza. Extrajo el serrucho del
cinturón y se puso a trabajar febrilmente. A costa de fuertes calambres en el
brazo, aserró cuatro barrotes en otros tantos minutos. Amanecía ya, y empezó a
sentir pánico; sacó el hacha y con tres golpes derribó el resto de la reja.
Mientras lo hacía, una sombra se acercó y un rostro se arrimó a la ventana.
Winters retrocedió, agachado, apuntando la pistola con el dedo sobre el gatillo.
- ¡Aquí está! - dijo el desconocido, y entonces Winters reconoció la voz del
jefe Guardamonte, absteniéndose por ello de disparar -. Toma mi mano,
extranjero, que vamos a sacarte de aquí. Hace media hora que te buscamos. ¡No
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