El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.35
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de agujetas y calambres. Pero su cerebro volvía a funcionar con claridad, y
recordó los acontecimientos de la reunión. ¡Qué tonto había sido! ¡Cómo había
dejado que le condujeran a su propia ruina! Siguió con la vista el rayo de luz
hasta la ventana enrejada que se abría sobre la litera, donde se recortaba un
pedacito de cielo azul recorrido por una pequeña nube algodonosa, que parecía un
pato en un estanque. Le embargó una oleada de nostalgia. ¡Ah!, ver un rostro
amistoso... Algo conocido, aunque no fuese más que un trozo de periódico en el
suelo de la celda. Pero tales deseos carecían de sentido. Mediaban treinta
siglos entre aquellas cosas y él, como un océano entre un marino náufrago y su
tierra natal.
Pero luego mudó de pensamientos, y su natural curiosidad volvió a despertar en
él. Al fin y al cabo, aquella época era una reacción contra la suya. Se había
oscilado de un extremo a otro: así lo vería la Historia. La verdad no estaba en
ninguno de los dos, sino en algún camino medio y más moderado. La humanidad
sabría hallarlo al correr del tiempo. Tal vez pasados otros mil años o más. Pero
¿qué podía importarle a él ahora? Iba a morir pronto. Dentro de un rato, los
jóvenes vendrían a buscarlo y lo sacrificarían para vengar alguna ofensa
imaginaria. En su estado de debilidad, todo le pareció indeciblemente patético y
las lágrimas anegaron sus ojos, hasta que se tranquilizó considerando la amarga
ironía de la situación. Le sacó de su meditación el ver una sombra que cruzaba
por delante de la reja, y se sobresaltó creyendo oír gente que hablaba en voz
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