El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.34
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¡Todos a vuestras casas! Encerraremos en el sótano del
local a este individuo que afirma tener tres mil años de edad. ¡Mañana
volveremos a reunirnos aquí y lanzaremos a los Viejos nuestro público desafío!
¡Sólo una palabra más, camaradas! ¡El camarada Fuerte ha oído decir que a
primera hora de la mañana los Viejos presentarán la orden de tala de nuevos
árboles!
La sala estaba tan agitada que sus paredes temblaron. Winters fue sacado de
allí, medio dormido y arrastrando los pies, y lo echaron en una litera del
sótano situado debajo del salón. Cayó vencido por el agotamiento total, y ni
siquiera oyó el roce de los pies que se alejaban. El horror y el miedo unidos a
su fatiga le tenían paralizado, y quedó inconsciente, más que dormido.
Arriba, en el cuartito anexo al salón ahora desierto, tres jóvenes celebraban su
éxito, con un brillo de regocijo en sus ojos castaños, y cambiaron impresiones
durante unos minutos. Les parecía que habían protegido los derechos de su
generación, no importando los medios empleados para perseguir tal finalidad. Se
despidieron hasta la mañana siguiente con aquel extraño gesto circular que
reemplazaba el antiguo apretón de manos.
Pero mientras conversaban (tan rápida es la traición), otro joven se arrastraba
hacia las sombras de la casa del Guardamonte y manoseaba el pasador de una
puerta trasera, que daba al bosque. Mientras los jóvenes se despedían, una voz
hablaba rápidamente al oído del jefe Guardamonte, cuyo rostro arrugado y espeso
entrecejo fruncido expresaron, alternativamente, asombro, indignación, ira y una
enérgica decisión.
Winters despertó y vio sobre el piso de tierra un círculo de luz matutina. Tenía
el cuerpo molido por el rudo trato, y sus músculos faltos de ejercicio transidos
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