El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.33
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.. Siempre
podéis plantar más árboles... Pero voy a retirarme, pues me siento...
4 - La rebelión de los jóvenes.
No pudo concluir la frase. En el salón del Consejo se elevó un clamor
enfurecido. Uno de los jefes gritó reclamando silencio.
- ¡Ya lo habéis oído, camaradas! ¡Observad qué clase de hombre han enviado para
que nos hable! ¡Se diría que nosotros, los jóvenes, hemos de recibir lecciones
de la época del Derroche! ¡Al menos, así lo creen los viejos! La crisis actual
es de escasa importancia pero, si cediéramos la primera vez, ¿dónde se
detendrían? ¿Qué concepto tienen de nuestra inteligencia, cuando esperan que nos
creamos esa historia de los tres mil años de letargo? ¡Su presencia es un
insulto! ¡Y el mensaje que han puesto en su boca excede todos los límites de la
paciencia! ¡Sólo puede haber una respuesta! - Se volvió hacia el pobre y
atontado, Winters, embotado por los efectos de su prolongada fatiga -. ¡Haremos
con esta persona un escarmiento que grabará para siempre nuestros principios en
las mentes de todos!
Se oyeron voces, y varios jóvenes subieron corriendo al estrado para apoderarse
de Winters.
- ¡Ha confesado que transgredió las leyes básicas de la economía! - gritó el
jefe -. ¿Qué castigo merece?
Se oyeron gritos de «¡Matadlo! ¡Exiliadlo! ¡Desterradlo a las planicies!» Y un
grupo coreaba salvajemente: «¡A muerte! ¡A muerte!»
- He oído que muchos de vosotros exigís una condena a muerte - chilló el jefe -.
Verdad es que matar equivale a derrochar una vida... pero, ¿qué otro trato
merece quien ha vivido toda una existencia de despilfarro! - Hubo aullidos de
vehemente aprobación -.
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