El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.30
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de seguridad serena y enfática del que había hablado. Luego hubo un momento de
silencio.
- ¡Camaradas, podéis estar seguros que es una triquiñuela de los Viejos! Que ese
hombre hable ante el Consejo. Si comete un error, por insignificante que sea,
podremos manipular la reunión y convencer a los demás de que la situación es
crítica. ¡Todo medio es justo, cuando se trata de evitar que nuestra herencia
sea despilfarrada! He oído decir que la orden para cortar los árboles antes de
que hayan madurado saldrá mañana, si no logramos impedirlo. Veremos qué se puede
hacer esta noche... hay que estar dispuestos a todo.
Cuando Winters llegó al salón, los tres jóvenes lo esperaban en el estrado para
darle la bienvenida. La sala era de techo bajo, y tendría unos cincuenta metros
cuadrados de superficie. Estaba llena de jóvenes morenos. Lo que más impresionó
a Winters fue el lujo de los asientos. ¡Cada persona ocupaba un gran sillón
tapizado! Qué diferente de las salas donde se celebraban los «meetings» de su
época, pensó, con sus bancos de madera y su atmósfera cargada y sofocante.
La iluminación eléctrica estaba empotrada en las paredes, y en aquel momento
envolvía la sala en un resplandor sonrosado, aunque el color cambiaba a
intervalos, a rojo, púrpura o azul y resultaba extrañamente reconfortante. Cesó
el murmullo de las conversaciones. Uno de los jefes jóvenes se adelantó.
- ¡Camaradas! Este extranjero es de otra generación. ¡Ha venido especialmente
para hablarnos de las condiciones que imperaban en los antiguos días... Nos
hablará de su experiencia personal en la época del Derroche, camaradas, a la que
ha sobrevivido mediante un letargo artificial! ¡El Guardamonte de nuestra orig,
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