El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.25
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la Tierra. Puedes probar los que tienes en tu plato. Esto ha modificado
enormemente nuestro modo de vida, y quizá pronto resulte innecesario moler
harina de castaño.
- Interesante - comentó Winters -. Pero retrocedamos mil años más.
El Guardamonte abrió los ojos de par en par. Luego rió encantado.
- ¡Bien! ¡Más te vale que no sea una vil fanfarronada, ¡eh! Mil años... Eso
sería hacia la época del gran proceso del aluminio. Como ya sabes, antes de esa
época el mundo necesitaba desesperadamente metales. Cuando Koenig perfeccionó su
procedimiento para la obtención del aluminio a partir de la arcilla, la economía
del mundo quedó trastornada y... ¡bien! ¿Qué más quieres?
- Creo que podrías retroceder dos mil.
El Guardamonte rompió a reír pero, a una súbita ocurrencia, se puso serio. Miró
un instante a su invitado, con expresión astuta, y sus ojos reflejaron una
ligera frialdad.
- ¡No pretenderás que lo tome en serio! - exclamó.
- Así es.
- ¡Es absurdo! En aquellos días el organismo humano aún conservaba el apéndice.
Fue después de la Gran Revolución, cuando los derrochadores fueron derrotados al
fin, y la Verdadera Economía alzó su antorcha para guiar al mundo en su sendero
ascendente. ¡Hace dos mil años! ¡De esa época arranca la historia civilizada!
Costumbres tan arcaicas como las supersticiones organizadas, el dinero, la
propiedad privada del suelo y la división de la humanidad en grupos que hablaban
idiomas distintos dejaron de existir en esa época. ¡Fue un período agitado!
- De acuerdo. Retrocedamos otros quinientos años.
- ¡El apogeo de la falsa civilización del Derroche! Los fósiles vegetales eran
implacablemente quemados en hornos para suministrar calor.
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