El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.22
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¡Seguramente se habrían necesitado miles de años para olvidar a tal punto Nueva
York! Pero entonces recordó que basta un siglo para dar antigüedad a cualquier
obra humana.
No quiso mirar por la ventanilla durante el viaje de regreso, envuelto en
tristes pensamientos y recuerdos lúgubres. Aterrizaron en el claro y continuó la
visita bajo la guía del Guardamonte, que no narraremos aquí para no alargar en
exceso el relato. Al caer la tarde disponía de una noción aproximada sobre la
vida en la nueva era. Los metales eran cuidadosamente recuperados, y cuando se
fundaba una nueva colonia, el equipo de utensilios y herramientas de metal se
estimaba como el regalo más espléndido de las aldeas principales. La agricultura
era totalmente desconocida y los granos, que el Guardamonte sólo conocía como
«semilla de planta», no se empleaban como alimento, aunque no ignoraba que las
razas antiguas les habían dado este uso. Ahora todo provenía de los árboles:
alimentos, casas, vestiduras... incluso el combustible de las aeronaves, que era
alcohol metílico.
La vida de los aldeanos era ociosa y placentera, pensó Winters. Tenían muy pocas
horas de trabajo, y dedicaban la mayor parte del día a las diversiones sociales
y los pasatiempos científicos y artísticos. En la aldea había artistas, la
mayoría de los cuales cultivaban un estilo caprichoso, cuyas obras Winters no
entendía en absoluto (pintaban árboles, y de este modo intentaban expresar
emociones). Pero algunas casas poseían muchas piezas maravillosas de escultura.
Recibían la energía eléctrica a través del aire desde las Grandes Cataratas,
donde se generaba, y cada enchufe daba corriente sin necesidad de cables. La
aldea producía sus propios alimentos y manufacturaba sus ropas, materiales de
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