El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.21
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con curiosidad. Al menos en esto se notaban los tres mil años de progreso: la
cabina cerrada daría cabida a unas veinte personas. No tenía alas, sino tres
ruedas horizontales (dos delante y una detrás), que coronaban la cabina. En el
morro tenía una hélice, que aún giraba cuando se acercaron. El Guardamonte
explicó sus deseos al piloto y éste le preguntó qué dirección preferían tomar.
- ¡Al sur, hacia el mar, y luego regresemos! - respondió Winters, con la memoria
poblada de visiones de la próspera metrópoli neoyorquina, en su época.
Se acomodaron y la rueda despegó suavemente, sin apenas ruido; el vuelo era
prácticamente silencioso, y avanzaban a una velocidad tremenda.
Al cabo de diez minutos avistaron el mar, y Winters contuvo una interjección al
ver por las ventanillas de cristal varias islas de distinto tamaño, cubiertas
por el verde manto del bosque frondoso.
Poco a poco resolvió el enigma: evidentemente, aquélla era Long Island, y más
allá aparecía Staten Island; lo que tenía abajo, pues, era el istmo de
Manhattan. El bosque lo cubría todo de manera uniforme.
- Hay ruinas bajo los árboles - comentó el Guardamonte al notar su interés -. He
estado varias veces allí. Nuestros historiadores suponen que los pueblos
antiguos que vivían aquí debían temer el aire libre, pues se ocultaban bajo
tierra o levantaban edificios de piedra donde se podía entrar sin exponerse al
exterior. El suelo está horadado por túneles en todas direcciones, que les
servían de carreteras.
3 - ¡Tiene apéndice!
En ese momento la aeronave hizo una maniobra, y Winters divisó un pilar gris de
mampostería, resto de una torre, que sobresalía por encima del bosque.
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