El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.18
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casi siempre cierto. Cumplían con los trabajos de la aldea en una o dos horas
diarias... y aún ese tiempo regateaban, haciendo toda clase de tentativas para
escabullirse. De hecho, consagraban a esta finalidad toda su ciencia.
La gente vestía ropas de colores llamativos; el césped verde y el hermoso color
pardo de los edificios servían de fondo al pintoresco cuadro. En todos vio las
mismas características raciales: rostros oscuros y cetrinos, y ojos castaños de
mirada líquida y apacible. Eran algo raros aquellos ojos, como si no estuvieran
colocados en la cara por lo derecho, sino un poco oblicuos. Prestaron muy poca
atención a la presencia de Winters, aunque de vez en cuando lanzaban una mirada
de ociosa curiosidad a sus exóticos ropajes. Le pareció que las mujeres eran
excepcionalmente atractivas, y los hombres algo afeminados y demasiado
blandengues. No es que no gozaran de buen aspecto físico, sino que sus rostros
eran demasiado suaves y sus cuerpos demasiado gráciles, en contraste con las
opiniones de un individuo del siglo veinte acerca de cómo debe ser un hombre
bien constituido. Sus cuerpos sugerían algo felino: la gracia y la pereza del
gato, combinados con una fuerza ágil.
Winters supo que una «orig» generalmente estaba formada por unas mil personas.
En ese momento había un exceso de varios centenares de habitantes, y a setenta y
cinco kilómetros hacia el norte estaban preparando una «colorig», donde los
árboles contaban ya con medio siglo de edad, en espera de acoger la nueva
colonia.
- ¿Por qué no se limitan a ampliar la aldea para dar cabida al exceso de
población?
- El bosque sólo alimenta cómodamente a un determinado número de personas.
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