El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.17
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Y, por supuesto, los cerdos engordados con bellotas para obtener tocino y grasas
invernales. Y los pinos de tea que nos dan aceites de máquina... Son los
productos normales del bosque. ¿Cómo es posible que ignores, cosas cotidianas
que saben hasta los escolares?
- Mi historia es extraña, señor. Si respondes a mis preguntas, luego te
explicaré cuanto desees saber acerca de mí. Respóndeme como si yo fuera...
¡bah!, un ser de otro planeta, o del pasado lejano - concluyó Winters con una
risa forzada.
- ¡Son muy raras tus palabras!
- Pues cuando te haya contado mi historia, te parecerá aún más rara te lo
aseguro.
- ¡Ja, ja! ¡Este juego... puede llegar a ser divertido! De acuerdo; voy a
dedicar la tarde a enseñarte cosas y responder a tus preguntas. Por la noche,
después de la cena, me contarás tu historia... ¡Pero te advierto que... procura
que sea buena como para merecer el tiempo que te dedico!
Salieron a la luz del sol. La aldea era un grupo de unas cincuenta casas grandes
que ocupaban una extensión de ochocientos metros en un claro largo y estrecho.
Más allá se veían los enormes troncos, las ramas nudosas y el oscuro verdor del
bosque. El Guardamonte era un viejo bastante activo; los demás aldeanos, en
cambio, se caracterizaban por aquel vago aire de indolencia que había observado
en su primer interlocutor. Había grupos descansando graciosamente a la sombra de
los árboles y, para la mentalidad de un hombre de negocios como Winters, las
pocas personas que se movían parecían caminar arrastrando los pies. Le pareció
que aquella gente era perezosa, ni más ni menos y luego comprobó que esto era
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