El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.13
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agua la botella de vidrio y se la colgó del cinturón; luego se metió en el
bolsillo un puñado de alimentos concentrados y salió de la cámara para siempre,
tras apagar la lámpara y cerrar la compuerta.
Al cabo de pocos minutos, pasó la cabeza y los hombros por la abertura
practicada entre las raíces y miró a su alrededor, mientras le latía con fuerza
el corazón.
Pero, ¿qué era aquello? ¡Estaba en medio de un bosque!
Los árboles se alzaban por todas partes; enormes troncos parecían querer tocar
el cielo. Entre ellos había macizos de arbustos cuya disposición simétrica, a
intervalos regulares, revelaba la intervención de la inteligencia humana. El
suelo estaba suavemente alfombrado de hojas muertas, y sobre ellas serpenteaban
varias especies de plantas con zarcillos. Entre muchas variedades desconocidas,
Winters distinguió el arándano agrio y las decorativas pirolas. Llegó a la
conclusión de que era un bosque agradable y echó a andar con cierta inseguridad
por entre los árboles, a ver qué lograba descubrir. Su cerebro no dejaba de
hacer cábalas en cuanto al tiempo que habrían necesitado aquellos árboles para
alcanzar tal desarrollo. A juzgar por el calor debía estar a mediodía y en pleno
estío, pero ¿de qué año? ¡Desde luego, muchos de aquellos árboles tenían más de
cien años!
No habría avanzado más de cien metros cuando vio un claro y, al otro lado de
unos matorrales, apareció ante su vista una gran carretera. Iba de norte a sur,
o viceversa; Winters puso los pies en el firme, de un desconocido material verde
y duro, semejante al vidrio, parecía casi pulido, y la pista era rectilínea, de
una perfección extraordinaria. Podía ver a muchos kilómetros de distancia en
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