El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.10
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Cuando abrió de nuevo los ojos, se sentía débil pero en posesión de sus
recursos. El armario contenía una caja metálica con pastillas de extracto de
carne. Bebió con sumo cuidado de la otra botella.
Luego sacó las piernas de los edredones, cuyo espesor inicial de metro y medio
había quedado comprimido a menos de sesenta centímetros por su peso secular, y
cruzó la cámara para acercarse al reloj.
«¡Cinco mil!», leyó con una exclamación de asombro, frotándose las delgadas
manos. Pero, ¿podía ser cierto? ¡Era preciso salir! Abrió un grifo de la tubería
de plomo, llenó de agua fría un vaso de vidrio, bebió ávidamente, volvió a
llenarlo y bebió de nuevo. Miró con curiosidad a su alrededor, para observar los
cambios que había producido en su cámara el paso del tiempo. Pero sus proyectos
habían sido muy previsores, y casi no se apreciaban deterioros.
La superficie de la tubería estaba algo resquebrajada. Había partículas de polvo
blanco en los lugares donde el frío había condensado la humedad del aire. Para
eso no había podido hallar solución, pues el caudal de agua que recorría aquel
conducto era la única fuente de electricidad para el minúsculo motor que
accionaba la calefacción de la cámara, y para la lámpara especial de rayos X que
ahora infundía en todo su ser las radiaciones restauradoras de vida. Winters
destapó la caja de mecanismos, y revisó con cuidado el motor y el generador. Las
piezas cromadas y montadas sobre rubíes no mostraban el menor signo de desgaste.
¿Significaba esto, quizá, que no habían transcurrido sino muy pocos años?
Desconfió de la precisión de su reloj. Volvió a colocar la tapa y se frotó las
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