El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.4
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en su residencia, había cenado solo, leyó un rato en la biblioteca, escribió una
o dos cartas y se retiró temprano a su dormitorio. La mañana siguiente, no bajó
para desayunar. Dibbs, el mayordomo, después de echar un vistazo a la alcoba,
dijo que el señor no había dormido en su cama. Naturalmente, los criados fueron
sometidos a un minucioso interrogatorio, aunque su honradez excluía
prácticamente toda sospecha. Tan sólo uno, el más antiguo y leal de todos, se
comportó y respondió a las preguntas de un modo que despertó la curiosidad de
Vincent Winters. Se trataba de Carstairs, el jardinero, un inglés alto y
desgarbado, de rostro alargado y melancólico. Llevaba veinte años al servicio
del señor Winters.
La noche de aquel viernes, cerca de las doce, había sido visto entrando en su
cabaña con dos palas al hombro; este detalle en sí mismo tal vez no fuese una
circunstancia acusatoria, pero la explicación carecía de verosimilitud. Dijo que
había estado cavando en el jardín.
- Pero, Carstairs, ¿por qué con dos palas? - preguntó Vincent por centésima vez.
Recibió la misma respuesta invariable:
- Se me olvidó dónde había dejado la primera, regresé y cogí otra, y al volver
con ella encontré la primera.
Vincent se puso en pie, intranquilo.
- Vamos, enséñeme el sitio donde estaba cavando - dijo. Carstairs palideció un
poco y meneó la cabeza. ¡Pero hombre! ¿Se niega a obedecerme?
- Lo siento, señor Vincent. Sí, debo negarme a mostrarle eso. - Hubo un breve
silencio. Vincent suspiró.
- Bien, Carstairs, no me deja otra alternativa. Usted es casi una institución en
esta casa; mis recuerdos infantiles están poblados de imágenes de su persona.
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