El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.3
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descendía una gruesa cañería de plomo procedente de un conducto tallado en la
roca, hasta llegar a dicha caja cerrada. Otra tubería similar salía de ésta y
desaparecía en el suelo. Sobre la caja había un cuadrante, a primera vista
parecido a la esfera de un reloj. Su escala, expresada en millares, tenía cien
divisiones, y el índice apuntaba un poco por debajo de la correspondiente al dos
mil.
Dos hilos de platino iban desde la caja hasta la figura inmóvil entre el rimero
de edredones, conectados a dos bandas de oro: una que ceñía una muñeca, y la
otra el tobillo del lado opuesto. Más allá, una especie de armario empotrado en
la roca, cerrado y misterioso como todo lo que contenía aquella cámara. Pero
allí no había luz que permitiera ver todo esto, sólo oscuridad, la negrura de la
noche eterna, la ciega y sofocante oscuridad de los sepulcros. La luz, fuente de
vida y alegría estaba desterrada de aquel lugar. Un forro de plomo inalterable
aprisionaba el aire; el polvo en suspensión se había precipitado a los pocos
días, cosa que nunca ocurre en la atmósfera de nuestro mundo, dejando la de la
cámara tan pura e inmóvil y tan estéril como un cristal. Porque sin cambio y
movimiento, no puede haber vida. En el aire flotaba un débil olor a
desinfectante, como si las bacterias tampoco estuviesen toleradas en aquel lugar
de muerte.
Al cabo del primer mes. Vincent Winters (el hijo del hombre desaparecido)
efectuó un detenido análisis de todos los hechos y posibles pistas que los
detectives habían logrado reunir en cuanto a la desaparición de su padre. No
aclaraban nada. El viernes, ocho de septiembre, su padre había pasado la jornada
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