El hombre que despertó (Laurence Manning) - pág.2
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El mundo siguió ocupándose de sus asuntos invernales y se
desentendió del banquero desaparecido. Y, sin embargo, les habría bastado
fijarse en los sapos... o en los osos, para tener una pista.
Pero el verdadero escondite de Norman Winters era aún más extraño. Yacía quince
metros bajo la helada tierra, en una cámara cuya anchura era de tres metros y
medio, hecho un ovillo entre suaves edredones apilados hasta un metro y medio de
espesor, con los ojos cerrados. Vivía en la oscuridad de la noche eterna y en el
silencio absoluto. Durante todo el mes de octubre su corazón latió lenta y
levemente y, si alguien hubiera entrado con una luz, habría observado que su
pecho subía y bajaba de vez en cuando. En noviembre, incluso esos indicios de
vida cesaron y la figura quedó inmóvil.
Transcurrieron semanas y la nieve se derritió. Los osos salieron hambrientos de
sus cuarteles de invierno y se dispusieron a restaurar sus carnes enflaquecidas.
Los sapos regresaron con las primeras noches cálidas de la primavera, tan
melodiosos para los amantes de la naturaleza como odiosos para las personas de
sueño ligero.
Pero Norman Winters no despertó de su sueño a estos anuncios primaverales. Su
cuerpo yacía inmóvil; con la inmovilidad de la muerte y sus rasgos tenían una
palidez de cera. No se había iniciado la descomposición, y los tejidos estaban
turgentes y frescos. Las heladas no llegaban a tan gran profundidad. Pero la
temperatura que reinaba en la cámara no se explicaba por este solo hecho. En
efecto, una caja cerrada situada en un rincón había irradiado durante todo el
invierno una determinada cantidad de calorías. Por la pared de la cámara
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