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El milagro más grande del mundo (Og Mandino) - pág.31

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Un leve olor a alcanfor emanaba de su traje de corte severo y, sin embargo, lo llevaba con una dignidad y estilo que permitían imaginarlo detrás de un enorme escritorio de caoba, dando consejos cuando estos eran necesarios y también poniéndose difícil cuando alguien lo merecía.

Finalmente dejó la tasa de café y dijo:

No puedo esperar más tiempo. Dígame sus buenas nuevas, señor Og.

Usted me trajo buena suerte, Simon; estoy seguro de ello. Debe existir mucho de duende debajo de esa fachada de trapero suya. ¿Recuerda esa última noche, en su casa, cuando descubrimos todas esas sorprendentes coincidencias entre el héroe de mi libro y usted?

¿Cómo puedo olvidarla?

Bien, cuando llegué a mi casa encontré un mensaje de mi editor, Frederick Fell. Cuando le llamé me dijo que una gran editora de ediciones de bolsillo quería una cita con él, su vicepresidente, Charles Nurnberg, y conmigo, el lunes, para discutir la posible compra de los derechos de reimpresión de mi libro. Por lo tanto, la noche de ese domingo viajé hacia Nueva York.

¿Estaba preocupado, nervioso?

No mucho... por lo menos esa noche. Pero a la mañana siguiente, en Nueva York, me levanté a las seis y fume mucho y bebí una tonelada de café mientras esperaba que fuera hora de la reunión a la una. Aún así, llegué al edificio de la editorial, en la Quinta Avenida, con una hora de anticipación. Entonces... hice algo que no había hecho durante mucho, mucho tiempo. Justo al lado se encontraba una iglesia. Ni siquiera recuerdo el nombre, pero estaba abierta y entré.

¿Que hizo después?

Recé. En realidad caminé hasta el altar, me arrodillé y recé.

¿ Cómo rezó?

De la única forma que se hacerlo. No pedí nada, solamente que Dios me diera el valor y el camino para manejar lo que viniera. Es gracioso, Simon, pero casi pude escuchar una voz que preguntaba: "¿Donde has estado, Og?" Entonces, antes de que me diera cuenta de lo que estaba pasando, comencé a llorar... y no podía parar.


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