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El milagro más grande del mundo (Og Mandino) - pág.3

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Después, cada mañana, todos partían en un éxodo masivo hacia las fábricas locales y suburbanas, y el lote se llenaba de Mercedes, Cadillacs, Corvettes y BMW al venir, procedentes de los suburbios hacia la ciudad, abogados, doctores y estudiantes de la Universidad Loyola, cada quien a lo suyo.

En cualquier otra época del año el lote era una mancha despreciable, una bofetada para todos los residentes de la zona. Durante todo el tiempo que he dejado mi auto en ese lugar he visto a sus propietarios hacer toda clase de intentos para quitar basura, aburridos periódicos, latas y botellas de vino vacías que se acumulan en sus propios montones de enfermedad contra la barda de cadena oxidada. La única razón por la que el estacionamiento ha sobrevivido es que no había otro lugar en donde dejar los automóviles, en un perímetro de diez cuadras.

Hoy, sin embargo, con los pecados enterrados debajo de casi un metro de nieve, el lote me recordó un tramo de la playa Pacific Grove, de California, aun a pesar de sus montes blancos que habían sido automóviles hasta ayer. En apariencia, los habitantes locales no habían salido esta mañana. Probablemente habían observado sus autos enterrados, que ahora estaban convertidos en iglúes, y, o se habían ido en autobús o habían regresado a la cama.

La entrada al estacionamiento estaba flanqueada por dos postes de concreto, con una distancia aproximada de tres metros, sobre los cuales descansaba una barra de hierro hueco. Para entrar al lote y estacionarse, se depositaban cincuenta centavos en la ranura de una caja metálica blanca desportillada, se esperaba a que la barra se elevara después de ser movida electrónicamente por las monedas, y entonces se conducía hacia el interior. Para salir, se necesitaban otras dos monedas de veinticinco centavos cada una... a menos que se poseyera una llave especial que podía rentarse mediante veinte dólares al mes. Las llaves se introducían en una caja amarilla especial para activar la barra, tanto para entrar como para salir.

Cuando dejé de observar al samaritano que alimentaba a los pájaros, encontré mi llave de la barra en el compartimiento para guantes, empujé la nieve acumulada que sobrepasaba considerablemente la parte inferior de la puerta del auto, y me erguí cuidadosamente en el exterior.


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