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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.651

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Pero ¿estaba realmente peor? Lydgate podría venir y decir que simplemente evolucionaba como era de esperar y que poco a poco se quedaría dormido profundamente y mejoraría. ¿De qué servía mandarle llamar? A Bulstrode le horrorizaba pensar en aquel resultado. No había idea u opinión que le impidiera ver la probabilidad de que una vez se recuperara, Raffles continuaría siendo el mismo de antes, con un renovado vigor para mortificar, obligándole a llevarse a rastras a su mujer para que pasara el resto de su vida alejada de sus parientes y de su lugar natal y portando en su corazón una alienante sospecha contra él.

Llevaba hora y media de angustiado pensar ante el resplandor del fuego de la chimenea cuando un repentino pensamiento le hizo levantarse y encender la vela que había bajado consigo. El pensamiento era que no le había dicho a la señora Abel cuándo debían cesar las dosis de opio.

Cogió la vela pero se quedó inmóvil un largo rato. Tal vez le hubiera ya dado más de lo prescrito por Lydgate. Pero en el estado de cansancio actual era excusable que se hubiera olvidado una parte de las indicaciones. Subió las escaleras con la vela en la mano sin saber si debía ir directamente a su habitación y acostarse o entrar en la del enfermo y rectificar la omisión. Se detuvo en el pasillo, el rostro vuelto hacia el cuarto de Raffles y le oyó gemir y murmurar. Luego, no dormía. ¿Cómo saber si no sería mejor desobedecer las instrucciones de Lydgate puesto que Raffles aún no había conciliado el sueño?

Se dirigió a su habitación. Antes de que hubiera acabado de desvestirse, la señora Abel llamó a la puerta; la abrió unos centímetros para oírla hablar en voz baja.

-Perdone, señor, pero ¿no debería darme un poco de coñac o algo para ese pobre hombre? Siente que se va y no quiere tomar nada más... y de poco le serviría aunque lo hiciera..., sólo el opio. Y dice y repite que se va hundiendo.

Ante su sorpresa el señor Bulstrode no respondió. Libraba una pugna consigo mismo.

-Creo que se morirá por falta de sustento si sigue así. Cuando cuidé del pobre señor Robisson, tenía que darle oporto y coñac constantemente, y un buen vaso cada vez -añadió la señora Abel con un toque de admonición en la voz.


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