Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.601
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Era la primera vez en su vida que Rosamond había pensado en hacer algo relacionado con los negocios, pero se sentía a la altura de la circunstancia. El que se viera obligada a hacer lo que aborrecía era una idea que convertía su pausada tenacidad en invención activa. Este era un caso en el que no podía bastar con simplemente desobedecer y mantener una serena terquedad: debía actuar según su criterio, y su criterio, se dijo, era el acertado, «de no serlo, no lo hubiera seguido».
El señor Trumbull estaba en la trastienda de su oficina y recibió a Rosamond con sus mejores modales, no sólo porque era sensible a sus encantos sino porque su fibra de bondad se veía conmovida ante la certeza de que Lydgate se encontraba en apuros y que esta mujer extraordinariamente bonita, esta joven dama de enormes atractivos personales, probablemente acusara el embite del infortunio y se encontrara envuelta en circunstancias que escapaban a su control. Le rogó que le hiciera el honor de sentarse y se quedó en pie ante ella, atusándose y comportándose con afanosa solicitud que en su mayor parte era benevolencia. La primera pregunta de Rosamond fue si su esposo había visitado al señor Trumbull esa mañana para hablar de dejar su casa.
-Sí, señora, sí, me ha hablado de ello -dijo el bueno del subastador intentando dotar de tranquilidad sus reiteraciones-. Estaba a punto de llevar a cabo su encargo esta tarde, si era posible. El señor Lydgate no quería que me demorara.
-He venido a decirle que no siga adelante con ello, señor Trumbull, y le ruego que no mencione lo dicho hasta ahora sobre el tema. ¿Podrá complacerme?
-Por supuesto, señora Lydgate, por supuesto. Las confidencias son algo sagrado para mí tanto en lo referente a los negocios como a cualquier otro tema. ¿Debo entonces entender que queda retirado el encargo? -dijo el señor Trumbull colocándose las puntas de su corbatín azul con ambas manos y mirando con deferencia a Rosamond.
-Sí, si me hace el favor. He sabido que el señor Ned Plymdale ha cogido la casa de St. Peter´s Place, la de al lado del señor Hackbutt. Al señor Lydgate le molestaría que se llevaran a cabo sus órdenes inútilmente. Y además, existen otras circunstancias que hacen innecesaria la propuesta.
-Muy bien, señora Lydgate, muy bien. Estoy a sus órdenes, para lo que me necesite -dijo el señor Trumbull, que se alegraba de pensar que hubieran surgido nuevas soluciones-.
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