Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.501
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Su aversión era tanto más fuerte puesto que se sentía incapacitado para intervenir.
Pero Sir James constituía una fuerza insospechada por él mismo. Su entrada en aquel momento supuso la representación de los principales motivos que impulsaron al orgullo de Will a convertirse en una fuerza repelente, apartándole de Dorothea.
CAPÍTULO LV
¿Tiene ella sus faltas?
Yo quisiera
Que también tú las tuvieras.
Son el mosto
Más fructífero del mejor vino.
Mejor, son el fuego más regenerador
Que ha transformado el denso y negro
Elemento en un cristal que lleva al sol.
La juventud es la estación de la esperanza, a menudo sólo lo es en el sentido de que nuestros mayores se sienten esperanzados respecto a nosotros, pues no hay tan dispuesta a creer que sus emociones, separaciones y decisiones son las últimas de su especie. Cada crisis parece definitiva, sólo por el hecho de ser nueva. Nos dicen que a los más viejos habitantes del Perú no cesan de inquietarles los terremotos, pero es probable que vean más allá de cada sacudida y piensen que quedan muchos por delante.
A Dorothea, aún en esa época de la juventud en la que los ojos de largas y espesas pestañas siguen, tras su lluvia de lágrimas, tan límpidos y descansados como una flor de pasión recién abierta, la despedida de Will Ladislaw de aquella mañana le pareció el final de su relación personal. Se sumergía en la distancia de años desconocidos, y si algún día regresaba, sería un hombre diferente. El estado mental de Will -su altiva decisión de anular de antemano cualquier sospecha de que haría el papel de aventurero menesteroso en busca de una mujer rica- se escapaban por completo a la imaginación de Dorothea y, sin ninguna dificultad, había interpretado su comportamiento suponiendo que, como a ella, el codicilo del señor Casaubon le parecía una burda y cruel prohibición a cualquier amistad activa entre ellos. El gozo juvenil que experimentaban al hablarse y decirse lo que a nadie más le interesaría oír, había terminado para siempre, convirtiéndose en un tesoro del pasado. Esta era precisamente la razón para que Dorothea se recreara en ello sin la menor reserva interior. También había muerto aquella felicidad singular, y en su sombría y silenciosa cámara daría rienda suelta al apasionado dolor del que ella misma se sorprendía. Por primera vez descolgó la miniatura de la pared y la puso ante ella, gustando de fundir a aquella mujer a quien se había juzgado con excesiva dureza con el nieto a quien su propio corazón y criterio defendían.
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