Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.451
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Es una bendición que Dios se lo haya llevado y debieras estar agradecida. No hay que lamentarse, ¿verdad, hijo mío? -le dijo Celia confidencialmente a ese inconsciente centro y equilibrio del mundo, que poseía los más magníficos puños, completos incluso hasta las uñas, y pelo suficiente, cuando se le quitaba el gorro para hacer... ni se sabe qué; en resumen, era Buda con aspecto occidental.
La llegada de Lydgate se anunció en medio de esa crisis y una de las primeras cosas que dijo fue:
-Me temo que no está usted tan bien como antes, señora Casaubon; ¿la ha inquietado algo? Déjeme tomarle el pulso. -La mano de Dorothea tenía una frialdad marmórea.
-Quiere ir a Lowick a revisar los papeles -dijo Celia-. No debe, ¿verdad?
Lydgate guardó unos minutos de silencio. A continuación dijo, mirando a Dorothea:
-No lo sé mucho. En mi opinión, la señora Casaubon debería hacer aquello que la tranquilice más. Y esa tranquilidad no procederá siempre de la prohibición de actuar.
-Gracias -dijo Dorothea, haciendo un esfuerzo-. Estoy segura de que es un consejo muy prudente. Son tantas las cosas a las que debo atender así que, ¿por qué he de seguir aquí sentada sin hacer nada? -A continuación, con un esfuerzo por hablar de temas que no estuvieran relacionados con su turbación, añadió bruscamente:
-Creo que usted conoce a todo el mundo en Middlemarch, señor Lydgate. Le tendré que pedir que me cuente muchas cosas. He de ocuparme de cosas serias ahora. Tengo que conceder un beneficio eclesiástico. Usted conoce al señor Tyke y a... -pero el esfuerzo fue demasiado para Dorothea y rompió en llanto.
Lydgate le dio unas sales.
-Déjela hacer lo que quiera -le dijo a Sir James, por quien preguntó antes de salir de la casa-. Creo que más que otras recetas lo que necesita es libertad total.
El tener que atender a Dorothea en los días de su alterado estado mental le había permitido a Lydgate formarse ciertas conclusiones verdaderas respecto de los infortunios de la señora Casaubon. Estaba seguro de que padecía tensiones y conflictos debidos a la auto represión y que era probable que en las actuales circunstancias se sintiera presa de otro tipo de clausura casi igual a aquel del que acababa de liberarse.
El consejo de Lydgate fue tanto más fácil de seguir para Sir James al averiguar que Celia ya le había contado a Dorothea el desagradable dato del testamento.
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