Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.251
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La llanura distante se veía pequeña en la uniforme blancura de nieve y amenazadoras nubes. El propio mobiliario parecía haber encogido desde que lo viera por última vez; el ciervo del tapiz era como un fantasma en su fantasmagórico mundo verdeazul; los volúmenes de literatura discreta de la estantería se asemejaban más a imitaciones inmutables de libros. El alegre fuego de ramas secas de encinas sobre los morillos parecía una incongruente renovación de la vida v el calor, como la figura de la propia Dorothea cuando entró con los estuches de piel roja que contenían los camafeos para Celia.
Relucía con el aseo matutino como sólo puede hacerlo la juventud sana; brillaban el pelo trenzado y los ojos color de avellana; los labios mostraban calor y vida: la gargantea contrastaba con cálida blancura contra el blanco de las pieles que parecían rodearle el cuello y bordearle la capa grisácea con una ternura que emanaba de la propia Dorothea, una palpable inocencia que mantenía su hermosura frente a la cristalina pureza de la nieve exterior. Al dejar los estuches sobre la mesa junto al mirador, retuvo inconscientemente sobre ellos las manos, absorta de inmediato con el entorno, blanco y quieto, que componía su mundo visible.
El señor Casaubon, que se había levantado temprano aquejado de palpitaciones, se encontraba en la biblioteca con su coadjutor, el señor Tucker. Pronto vendría Celia, en su calidad de dama de honor y hermana, y a lo largo de las próximas semanas vendrían y se harían las visitas de rigor, todo de acuerdo con esa vida que se entiende corresponde a la emocion de la felicidad nupcial y mantiene la sensación de una ajetreada inefectividad, como perteneciente a un sueño del cual el soñador empieza a recelar. Las obligaciones de su vida de casada, que tan grandes parecían de antemano, parecían empequeñecerse al igual que los muebles y el blanco paisaje amurallado por las nubes. Las claras cumbres donde esperaba caminar con plena identificación se hacían difíciles de distinguir incluso en su imaginación: el delicioso descanso del alma en alguien totalmente superior se había visto bruscamente transformado en esfuerzo incómodo, perturbado por aciagos presentimientos. ¿Cuándo iban a empezar esos días de activa devoción de esposa que fortalecería la vida de su marido y llenaría la suya propia? Tal vez nunca en la manera en que los había imaginado, pero sí de alguna forma, de alguna.
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