Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.201
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Will no podía decir exactamente lo que pensaba pero se irritó. Y sin embargo, cuando después de cierta resistencia consintiera en llevar a los Casaubon al estudio de su amigo, le había tentado la gratificación de su orgullo al ser la persona que pudiera concederle a Naumann la oportunidad de estudiar la belleza de Dorothea, o mejor dicho, su divinidad, pues las frases corrientes que se podían aplicar a la mera hermosura corporal no eran aplicables a ella. (Seguro que todo Tipton y sus alrededores, además de la propia Dorothea, se hubieran sorprendido de que su hermosura se alabara tanto. En aquella parte del mundo, la señorita Brooke no pasaba de ser «una joven agradable».)
-Compláceme dejando ya el tema, Naumann. De la señora Casaubon no se puede hablar como si se tratara de una modelo-dijo Will. Naumann se le quedó mirando fijamente.
-¡Schön! Hablaré de mi Aquino. Al fin y al cabo, la cabeza no es mala. Me atrevería a afirmar que el propio gran escolástico se hubiera sentido halagado de haber sabido que alguien quería hacerle un retrato. ¡No hay nadie tan vanidoso como estos doctores engolados! Es justo lo que pensaba: le importaba mucho menos el retrato de su esposa que el suyo propio.
-Es un maldito fatuo, pedante y pusilánime -dijo Will con ímpetu. Quien le escuchaba desconocía su deuda para con el señor Casaubon, pero Will la tenía muy presente y deseaba haberla podido saldar con un cheque.
Naumann se encogió de hombros y dijo:
-Menos mal que se van pronto. Están estropeándote tu buen humor.
Todo el empeño y la esperanza de Will se centraba ahora en volver a ver a Dorothea cuando se encontrara sola, únicamente quería que se fijara más en él; únicamente quería ser en su recuerdo alguien un poco más especial de lo que hasta el momento pensaba que podía ser. Se sentía algo impaciente con esa ardiente y franca buena voluntad que ahora comprendía constituía el estado usual de Dorothea. La adoración remota de una mujer entronada fuera de su alcance juega un enorme papel en la vida de los hombres, pero en la mayoría de los casos el adorador aspira a algún reconocimiento de parte de la reina, alguna señal de aprobación mediante la cual la soberana de su alma le anime sin descender de su encumbrado lugar. Eso era precisamente lo que Will quería.
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