Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.151
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(3) Pierre Louis (1787-1872), médico e investigador francés.
Pero estos tipos de inspiración le resultaban a Lydgate vulgares y vinosas si las comparaba con la imaginación que revela las acciones sutiles innaccesibles a cualquier lente, y que hay que rastrear en la oscuridad exterior por largos senderos de secuencia necesaria iluminada por la luz interior, que es el último refinamiento de la energía, capaz de bañar incluso los átomos etéreos en su espacio iluminado idealmente. Por su parte, había desechado todas esas invenciones baratas en las que la ignorancia se encuentra cómoda y capaz; estaba enamorado de esa ardua invención que es el mismísimo centro de la investigación, enmarcando el objetivo provisionalmente y corrigiéndolo hasta lograr más y más precisión de relación. Quería traspasar la oscuridad de esos diminutos procesos que preparan los gozos y las miserias humanas, esos invisibles callejones sin salida que son los escondrijos predilectos de la angustia, la manía y el crimen, ese equilibrio y transición delicada que determinan el desarrollo de la conciencia feliz o infeliz.
Cuando dejó el libro a un lado, estiró las piernas hacia las ascuas de la chimenea y entrelazó las manos detrás de la nuca en el agradable resplandor de la emoción que surge cuando el pensamiento pasa del examen de un objeto específico a la embriagadora sensación de su conexión con el resto de nuestra existencia (como si tras nadar vigorosamente se tumbara de espaldas y flotara con el reposo de la fuerza inagotada), Lydgate experimentó un triunfal gozo en sus estudios y algo próximo a la lástima por aquellos hombres menos afortunados que no eran de su profesión.
«Si de chaval no hubiera optado por esto», pensó, «podría haber acabado haciendo cualquier tipo de trabajo borreguero y viviendo siempre con anteojeras. No hubiera sido feliz con ninguna profesión que no exigiera el máximo esfuerzo intelectual al tiempo que me mantenía en estrecho contacto con mis vecinos. No hay nada como la profesión médica para eso; tienes esa elitista vida científica que toca el horizonte, y también la amistad de los carcamales de la parroquia. Para un clérigo es un poco más difícil; Farebrother parece ser una excepción».
Este último pensamiento le hizo recordar a los Vincy y las imágenes de la velada. Flotaban placenteramente por su pensamiento, y al coger la vela asomó a sus labios esa incipiente sonrisa que suele acompañar los gratos recuerdos.
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