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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.101

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Pero tú eliges el otro bando. A ti te gusta Bulstrode y la especulación más que Featherstone y la tierra.

-Perdone, señor -dijo Fred poniéndose en pie de espaldas al fuego y golpeándose la bota con la fusta-. Ni me gusta Bulstrode ni me gusta la especulación -hablaba con enojo, sintiéndose acorralado.

-Bueno, bueno, está bastante claro que puedes prescindir de mí -dijo el viejo Featherstone, desagradándole interiormente la posibilidad de que Fred se mostrara independiente-. No quieres ni un pedazo de tierra que te convierta en terrateniente en lugar de en un famélico cura, ni un empujón de cien libras por el camino. A mí me da igual. Puedo hacer cinco codicilos si quiero, y ahorrarme los billetes. A mí me da igual.

Fred volvió a sonrojarse. Featherstone le había dado dinero en pocas ocasiones y en estos momentos casi parecía más difícil despedirse de la posibilidad inmediata de los billetes que de la posibilidad futura de la tierra.

-No soy un ingrato, señor. No era mi intención mostrar indiferencia ante cualquiera intención generosa que pudiera tener hacia mí. Muy al contrario.

-Está bien. Demuéstralo. Tráeme una carta de Bulstrode donde diga que no piensa que has estado charlando y prometiendo pagar tus deudas con mis tierras, y entonces, si te has metido en algún lío, veremos si te puedo echar una mano. ¡Venga! Es un trato. Ahora dame el brazo, que voy a intentar caminar por la habitación.

-Pese a su irritación, Fred poseía la suficiente bondad como para sentir pena por el anciano poco respetado y poco querido; quien, con las piernas aquejadas de gota, ofrecía al caminar un aspecto aún más lastimoso que de costumbre.
-Mientras le daba el brazo, pensó que no le gustaría ser un anciano con la constitución resquebrajada, y esperó con buen humor, primero ante la ventana para oír los comentarios usuales sobre las gallinas y la veleta, y después ante las estanterías despobladas, cuyas principales glorias en piel oscura las constituían Josefo(1), Culpepper(2), el Mesias de Klopstock(3) y varios volúmenes de La Revista del caballero.

-Vamos, léeme los nombres de los libros. ¡Eres hombre de universidad! -Fred le leyó los títulos.

-¿Para qué quería Missy más libros? ¿Para qué tienes que traerle más libros?

-Le divierten, señor. Le gusta mucho leer.

-Un poco demasiado -dijo el señor Featherstone capciosamente-. Quería leerme mientras se sentaba conmigo.


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