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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.40

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-No te acuestes tarde, Dodo, estás muy pálida esta noche; vete pronto a la cama -dijo Celia con sosiego y sin asomo de sentimentalismo.

-No, cariño, soy muy, muy feliz -dijo Dorothea con fervor.

-Tanto mejor -pensó Celia-. Pero qué forma tan rara tiene Dodo de pasar de un extremo a otro.

Al día siguiente, durante el almuerzo, el mayordomo, al entregarle algo al señor Brooke dijo:

Jonas ha vuelto, señor, y ha traído esta carta.

El señor Brooke leyó la carta y, a continuación, mirando a Dorothea, dijo:

-Casaubon, hija mía... vendrá a cenar; no se detuvo a escribir nada más..., nada más, ya sabes.

No podía extrañarle a Celia que se le avisara a su hermana de antemano que vendría un invitado a cenar; pero al seguir su mirada la misma dirección que la de su tío, le chocó el peculiar efecto que la noticia tuvo sobre Dorothea. Fue como si algo parecido al reflejo de una iluminada ala blanca hubiera recorrido sus facciones, culminando en uno de sus insólitos sonrojos. Por primera vez se le ocurrió a Celia que tal vez hubiera algo más entre el señor Casaubon y su hermana que el gusto de aquél por la conversación erudita y el de ella por escuchar. Hasta el momento, había aparejado la admiración por este «feo» y sesudo conocido con la admiración en Lausana por Monsieur Liret, igualmente feo y sesudo. Dorothea aún no se había cansado de escuchar al viejo Monsieur Liret cuando Celia ya tenía los pies helados y no podía soportar más ver cómo se le movía la piel de la calva. ¿Por qué, pues, no iba a hacerse extensivo su entusiasmo al señor Casaubon igual que a Monsieur Liret? Y parecía lógico que todos los hombres estudiosos consideraran a los jóvenes desde el punto de vista del maestro.

Pero ahora Celia se asustó de verdad ante la sospecha que se le había cruzado por la mente. No era frecuente que se viera tomada así por sorpresa; su maravillosa rapidez en observar un cierto orden de signos solía prepararla para esperar las manifestaciones externas que la interesaban. No es que se imaginara en este momento que el señor Casaubon fuera ya un pretendiente aceptado; simplemente había empezado a repelerle la posibilidad de que algo en la mente de Dorothea pudiera inclinarse hacia semejante resultado.


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