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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.38

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Y el resplandor de su niñez transfigurada recayó sobre el primer objeto que encajó en su nivel. El ímpetu con el que la inclinación se convirtió en decisión se acrecentó por esos pequeños sucesos del día que habían provocado su disconformidad con las circunstancias actuales de su vida.

Después de cenar, mientras Celia tocaba un «aire con variaciones», un pequeño tintineo que simbolizaba la parte estética de la educación de una joven, Dorothea subió a su habitación para contestar la carta del señor Casaubon. ¿Por qué habría de demorar la respuesta? La escribió tres veces, no porque quisiera cambiar la expresión sino porque escribía con una letra inusitadamente incierta, y no soportaba que el señor Casaubon pensara que tenía una caligrafía mala o ilegible. Se preciaba de tener una escritura en la que cada letra se distinguía sin grandes conjeturas, y tenía la intención de aprovechar bien este talento para economizar los ojos del señor Casaubon. Tres veces escribió:
«Mi estimado señor Casaubon. Le estoy muy agradecida por quererme y creerme digna de ser su esposa. No puedo desear mayor felicidad que aquella que sea una con la suya. Si dijera más no haría sino repetir lo mismo con mayor extensión, pues no puedo en este momento pensar en otra cosa que la de poder ser toda la vida, su
DOROTHEA BROOKE.»
Más tarde siguió a su tío hasta la biblioteca para darle la carta, a fin de que puediera enviarla por la mañana. Se quedó sorprendido, pero sólo lo manifestó guardando unos minutos de silencio durante los cuales recolocó varios de los objetos de su escritorio, finalmente quedándose en pie de espaldas al fuego, las gafas caladas y mirando en la dirección de la carta de Dorothea.

-¿Has pensado esto bien, hija? -dijo por fin.

-No tuve que pensar mucho, tío. No conozco nada que pudiera hacerme vacilar. Si cambiara de opinión sería por algo importante y totalmente nuevo para mí.

-¡Ah! Entonces, ¿le has aceptado? ¿Chettam no tiene ninguna oportunidad? ¿Te ha ofendido Chettam? Ya sabes..., ofendido. ¿Qué es lo que no te gusta de Chettam?

-No hay nada que me guste de él -dijo Dorothea con cierto ímpetu.

El señor Brooke echó la cabeza y los hombros hacia atrás, como si alguien le hubiera lanzado un ligero misil. Dorothea sintió un remordimiento y al punto dijo:

-Me refiero como esposo.


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