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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.16

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-Sí, creo que sí -respondió Dorothea con decisión rotunda-. Todo cuanto veo en él concuerda con su folleto sobre cosmología bíblica.

-Habla muy poco -dijo Celia.

-No hay nadie con quien pueda hacerlo.

Celia reflexionó para sí que Dorothea despreciaba a Sir James Chettam. Asimismo dudó de que le aceptara, y pensó que era una lástima. Nunca se había engañado respecto del objetivo del interés del baronet. Incluso a veces se había hecho la reflexión de que Dodo tal vez no hiciera feliz a un marido que no viera las cosas desde su mismo punto de vista, y arrinconada en el fondo de su corazón yacía la idea de que su hermana era demasiado religiosa para la comodidad familiar. Los principios y los escrúpulos eran como agujas caídas, que hacen que uno tema pisar, sentarse e incluso comer.

Cuando la señorita Brooke se sentó junto a la mesita de té, Sir James se unió a ella, no habiendo interpretado como ofensiva la forma en la que ella le contestara. ¿Por qué había de hacerlo? Creía probable gustarle a la señorita Brooke y los modales han de ser muy marcados antes de que los prejuicios, bien de confianza bien de recelo, puedan dejar de interpretarlos. Por su parte, Dorothea le resultaba de todo punto encantadora aunque, naturalmente, el baronet teorizara un poco respecto de su afecto. Estaba hecho de una pasta humana excelente y poseía el insólito mérito de saber que sus talentos, incluso dándoles rienda suelta, no harían que se desbordara ni siquiera el más minúsculo de los riachuelos del condado; gustaba, por tanto, de la expectativa de una esposa que pudiera ayudar a su marido con argumentos y tuviera el aval de la propiedad para así hacerlo. En cuanto a la excesiva religiosidad que se le imputaba a la señorita Brooke, tenía una idea muy vaga de lo que ésta era y suponía que se apagaría con el matrimonio. En resumidas cuentas, sentía que se había enamorado adecuadamente y estaba dispuesto a soportar una buena dosis de predominio, algo que, después de todo, un hombre podía cortar en cuanto quisiera. A Sir James no se le ocurría que jamás quisiera cortar el predominio de esta hermosa joven, cuya sagacidad le deleitaba. ¿Por qué no? La mente de un hombre -en la medida en la que posee tal- siempre tiene la ventaja de ser masculina (el más diminuto abedul es de mejor calidad que la palmera más alta), e incluso su ignorancia es de índole más cabal.


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