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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.10

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Si la señorita Brooke llegaba alguna vez a alcanzar la sumisión absoluta no sería por falta de fuego interno. -Tal vez -respondió altiva-. ¡Desconozco el punto de degradación al que puedo llegar!

Celia se sonrojó y se sintió triste; vio que había ofendido a su hermana y ni siquiera se atrevió a decir nada agradable acerca del regalo de las joyas, que volvió a meter en el joyero y procedió a llevarse. Dorothea, mientras continuaba con sus bocetos, tampoco estaba contenta y se preguntaba por la pureza de sus sentimientos y oratoria en la escena que había concluido un tanto alteradamente.

La conciencia de Celia le decía que no estaba en absoluto equivocada; era natural y estaba muy justificado que hubiera hecho esa pregunta y se repetía a sí misma que Dorothea no era consecuente: o bien se debía haber quedado con la parte de las joyas que le correspondía o renunciar a todas ellas.

«Estoy segura, al menos en ello confío», pensó Celia, «que el llevar un collar no interferirá con mis oraciones. Y, ahora que vamos a entrar en sociedad, no creo que las opiniones de Dorothea tengan que condicionarme a mí, aunque a ella sí deberían obligarla. Pero Dorothea no es siempre consecuente.»

Estos eran los pensamientos de Celia mientras se inclinaba en silencio sobre su tapiz hasta que oyó a su hermana llamándola.

-Ven, Kitty, ven a ver mis planos. Si al final no me encuentro con escaleras y chimeneas incompatibles pensaré que soy un gran arquitecto.

Al inclinarse Celia sobre el papel, Dorothea reposó tiernamente la mejilla en el brazo de su hermana. Celia comprendió el gesto, Dorothea reconocía su error y su hermana la perdonó. Hasta donde alcanzaba su memoria, siempre había habido una mezcla de crítica y admiración en la actitud de Celia hacia su hermana mayor. La menor había llevado siempre un yugo, pero ¿existe una sola criatura que carezca de opinión personal?

CAPÍTULO II

«Dime, ¿no ves aquel caballero que hacia nosotros viene sobre un caballo rucio rodado
que trae puesto en la cabeza un yelmo de oro?»
«Lo que veo y columbro», respondió Sancho, «no es sino un hombre sobre un asno pardo como el mío,
que trae sobre la cabeza una cosa que relumbra.»
«Pues ese es el yelmo de Mambrino», dijo Don Quijote.
(CERVANTES.)



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