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Middlemarch, Un estudio de la vida de las Provincias (George Eliot) - pág.5

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No era de extrañar, por tanto, que un hombre se lo pensara dos veces antes de arriesgarse a semejante asociación. De las mujeres se esperaba que no tuvieran opiniones demasiado concretas, pero en todo caso, la mayor garantía de la sociedad, así como de la vida familiar, consistía en que las opiniones no era algo según lo que se actuara. La gente cuerda hacía lo que hacían sus vecinos, de manera que si algún loco andaba suelto se le podía conocer y esquivar.

La opinión rural acerca de las jóvenes recién llegadas, opinión sostenida incluso por los jornaleros, se inclinaba por lo general a favor de Celia, por su amabilidad y aspecto inocente, en tanto que los grandes ojos de la señorita Brooke resultaban, al igual que su religión, demasiado poco corrientes y chocantes. ¡Pobre Dorothea! Comparada con ella, la Celia de aspecto inocente era sagaz y mundana -¡cuánto más sutil es la mente humana que los tejidos externos, que componen para aquélla una especie de blasón o escudo!
(3) Sir Robert Peel (1788-1850), político inglés, varias veces primer ministro. Como ministro del Interior patrocinó la ley de emancipación de los católicos (privados de derechos civiles) que fue aprobada en 1829.
Sin embargo, quienes se acercaban a Dorothea, si bien estaban predispuestos en su contra a causa de estos alarmantes rumores, encontraban que tenía un encanto extrañamente reconciliable con los mismos. A la mayoría de los hombres les resultaba cautivadora cuando montaba a caballo. Le encantaba el aire fresco y las múltiples variaciones del campo, y cuando le brillaban los ojos y las mejillas de placer, distaba mucho de parecer una beata. Montar a caballo era una satisfacción que se permitía a pesar del remordimiento consciente que ello le producía; pensaba que lo disfrutaba de una forma pagana y sensual y le deleitaba la idea de renunciar a ello.

Era extrovertida, ardiente y tan poco pagada de sí misma que resultaba entrañable ver cómo su imaginación adornaba a su hermana Celia con atractivos de todo punto superiores a los suyos propios, y si algún caballero llegaba a Tipton Grange por otro motivo que el de ver al señor Brooke, Dorothea concluía que debía estar enamorado de su hermana. Por ejemplo, Sir James Chettam, a quien constantemente consideraba desde el punto de vista de Celia, sopesando interiormente si sería bueno para ella aceptarle. A Dorothea le hubiera parecido una ridiculez que se considerara a este caballero como pretendiente suyo, pues pese a todo su afán por conocer las verdades del mundo, seguía teniendo una idea muy ingenua del matrimonio.


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