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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.251

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Nadie podía precisar a ciencia cierta si Antonio vivía en la madrugada del día anterior
o en el anochecer del próximo. Las jornadas se hablan convertido en un espacio de tiempo siempre igual, tedioso por invariable, que reproducían los mismos rostros, las mismas músicas, el mismo muestrario de placeres. Sólo de vez en cuando Marco Antonio se apartaba de aquella procesión perpetuamente repetida y se perdía por las playas más alejadas de la ciudad, a pie, completamente solo, recordando sus horas de Libia y el ejemplo de Timón el ateniense.
Así, cuando Cleopatra regresó de despedir a su hijo se encontró con su bañera ocupada por Antonio y algunos miembros de su corte báquica. En general, vírgenes y efebos de familias nobles que gustaban adoptar los más pintorescos disfraces y enrolarse en la comparsa del nuevo Dionisos, cada día más embebido en su papel, cuando no en otros licores más peligrosos.
Hasta la habitación de la reina llegaban las groseras carcajadas de su amante, los cánticos desencajados de sus compañeros de orgía y el chapoteo propio de una batalla acuática. Sonrió al pensar que su bañera, tan cómoda como espaciosa, podía servir para que los sátiros de Alejandría recibiesen el nuevo sol imitando a las fiestas acuáticas que tanto gustaban a la plebe romana. Llegó a pensar que, así como algunos pueblos se mantienen unidos por un poderoso nexo espiritual, otros lo hacen por medio del mal gusto. Y en aquel siglo era la tendencia que empezaba a imperar, la que se demostraba en los espectáculos públicos y grandes ceremoniales, acaso como signo de la toma de poder por parte de los nuevos ricos y de los advenedizos.
Intentó dormir a pesar de los ruidos y aunque el sol aparecía ya muy alto en el cielo de Alejandría. Y cuando un Marco Antonio completamente borracho se dejó caer a su lado, inconsciente ya y abatiendo un brazo sobre ella sin la menor consideración, la reina de Egipto se abstuvo de cualquier comentario, pues sabia que podía ser violento. O acaso lo fuese la respuesta de Antonio o más aún la que ella pudiera contestar en actitud de defensa.
La maravillaba reconocer que había llegado el temido momento en que el amante tenía que defenderse de la amada. O ésta de él. O los dos de ambos.
Todas sus conversaciones de los últimos tiempos habían quedado reducidas a aquella pugna, por demás innoble. Un duelo continuo en busca de una victoria extraña, de una sumisión del contrario que sólo proporcionaba un instante de placer y, después, arañaba la memoria hasta desangrarla.
Súbitamente, en el curso de una de aquellas disputas infernales, un arrebato de pasión los unía en un abrazo que, en el fondo, tenía algo de desesperado.


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